 |
Cuando
era niño, so pretexto de una primera comunión, me llevaron a ver una película
protagonizada por Louis de Funes titulada Hibernatus, el abuelo congelado. Se
me quedó grabada, sobre todo la idea: que te congelen ahora y despertar en el
futuro. Pero confieso que no esperaba vivir una historia, de algún modo similar;
sentirme descongelado. Hace tiempo que mis compañeros del Colegio Santa María
del Pilar celebran una cena anual para recordar y celebrar viejos tiempos. Nunca
había asistido a ninguna de esas cenas, pero dado que todos cumplíamos los cincuenta,
se me ocurrió convencer a mi amigo Guridi para que acudiésemos, a ver qué pasaba;
y cuando yo quise echar marcha atrás... fue él quien me convenció a mí. Así que
allí estábamos, los gemelos Guridi y yo, bajándonos de un coche, como si fuéramos
Louis de Funes despertando en el futuro. Porque interiormente, por dentro, no
se cambia; (esa es la jodienda, como escribe Piglia, que te sientes igual pero
los demás te ven diferente). Nosotros, los Guridi y yo, eramos niños. Y o era
un niño. ¿Y los demás? Por los demás había pasado el tiempo de forma desigual
y extraña: los menos parecían casi ancianos, otros treintañeros algo gastados
y, unos pocos, los niños de siempre a quien un maquillador burlón había añadido
alguna cana o arruga para que no se notase o advirtiese que acababan de ser descongelados,
que siempre habían sido niños protegidos por el frío. Lo más interesante, para
mí, fue enfrentar los ojos de quienes habían sido mis compañeros de primeras desventuras
y segundas aventuras; porque sus miradas, en esencia, eran las mismas, Castellón
era Castellón o Guitard era Guitard, por más que ahora sean hombres poderosos
e importantes y cuando yo les conocí eran sólo, igual que yo, ALUMNOS, tablas
en blanco, sábanas de ignorancia, que desconocen si serán astronautas o buzos.
No saben. No sabíamos. Y si el lector tiene la amabilidad de pensar en ello un
instante advertirá que en la edad adulta las relaciones suelen estar condicionadas
por la profesión o el empleo. Sin embargo de niños..., todo es pureza. A mí me
caían bien Langa o Peraza o Aguirre, por ellos mismos. Del mismo modo que, por
algún motivo, yo despertaba en ellos empatía o simpatía. A todos nos pasó que
recordábamos anécdotas acerca de nuestros amigos que ellos mismos habían olvidado;
no mencionaré el nombre de quien me dijo que yo, Javier Puebla, ya el escritor
cuando era imberbe e iba al colegio, llegué a vender seguros; o a intentar venderlos.
Pero fue hermoso, una experiencia irrepetible. Aprendí durante esa cena de ecos
y nostalgias que, si nos congelasen y volviesen a descongelar treinta y cinco
años después, reconoceríamos el mundo; aunque una vez pasado el efecto champán,
la alegría inicial, quizá llegase el desasosiego. Mejor que a Walt Disney le descongelen
en el dos mil quinientos, cuando su despertar sea un viaje a un país nuevo y desconocido
y no la revisión de un mundo que se amó pero ya, inevitablemente, ha cambiado.
Cambiado por fuera. Aunque quizá no tanto —si se mira desde el corazón— por dentro.
www.javierpuebla.com
|