| Era
necesario acabar de una vez con el padre para que el hijo pudiera seguir viviendo.
Él llegó a Valencia en un avión privado, propiedad de un millonario guatemalteco,
abrazó fervoroso a Acebes y miró con desdén a Rajoy. Su soflama cargada de reproches
se tornó en despedida. Libres de la tutela asfixiante e interesada de Aznar, los
nuevos dirigentes del PP se enfrentan a retos mayúsculos, hasta conseguir que
el principal partido de la oposición se aleje de posiciones ultras, crispadas
e intransigentes e inicie el camino del centro, la moderación, el diálogo y la
colaboración, al menos, en los asuntos de Estado que interesan a todos los españoles.
El aznarismo es agua pasada. Ya no está ni se les espera. Porque hasta el cónclave,
Aznar, insuflando a menudo su aliento sobre la nuca de un marianismo al que han
pretendido cercar y tumbar, rimaba con molestar. Tampoco esperaban que el renovado
presidente nacional soportara tantos carros y carretas, descalificaciones, una
auténtica campaña orquestada por los que habían sido avisados y agradecidos por
los servicios prestados. La normalidad democrática, el sentido común y un futuro
sin más mentiras, capaz de resistir ante los envites de las metáforas y los versos
sueltos que chocan con un soneto sin telarañas. Pierde Esperanza Aguirre y lo
que ella representa de caduco y sale airoso el alcalde Gallardón, la ilusión ambiciosa
y hasta controlada. Detrás de los focos estuvieron maniobrando, dentro y fuera
del partido, los enviados por el hombre que se tiñe el cabello, aquel que odiaba
tanto a Felipe González y, al final, cuando su presencia se hace perjudicial para
la inmensa mayoría, acaba dedicándose a lo mismo que el sevillano, a servir de
edecán a las grandes fortunas que dominan el mundo. Rajoy asegura que mantiene
una buena relación con Aznar, aunque mucho más distante que cuando gobernaban
juntos. Mejor para el gallego y para el partido que lidera con el objeto de arribar
cuanto antes a La Moncloa. Porque la esperanza es lo último que se pierde. El
respaldo que le ha dado el 84 por ciento de los compromisarios en el Congreso
Nacional provocó la ira de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que no ha
tardado mucho en remodelar su Gobierno para sacar fuera de él a los dos consejeros
que Rajoy ha metido en puestos de dirección. Todo un detalle a tener en cuenta.
El líder de la derecha que arroja por la borda la nostalgia y el desvelo por un
pasado de ignominia y falsa paz social propicia el acercamiento a los nacionalistas,
algo que le parece pésimo a la vieja guardia, a pesar de que ellos actuaron igual
cuando les hizo falta su colaboración. El jefe de entonces solía presumir de que
hablaba catalán en la intimidad. En cualquier proyecto democrático sobran aquellos
que no defienden la libertad y la igualdad de todos, en especial de los más débiles.
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