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Orejas
de burro |
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El
relajo moral y recreativo que vive nuestro país
hace, por si fuera poco, que las criaturas en
edad escolar sean consideradas más por su burricie,
con perdón de los solípedos, que por sus entendederas,
generalmente escasas. Y no contentos con ser
la cagada de Europa en materia de educación,
el ex rector y ex curita hermano de Gabilondo,
el socialismo hermana, compañero, quiere premiar
a los zotes con una beca para que sigan sentados
al duro banco habida cuenta de que paga el Estado.
Se premia el suspenso y se domina la voluntad.
Esta creciente permisividad, unida al escapismo
de las aulas y al trabucaire del alumnado, nos
lleva a la conclusión de que hay que premiar
a los malos y despreciar a los buenos. En tiempos,
a los desaplicados e ineducados los maestros
les ponían unas orejas de burro de tamaño kilométrico.
También existía el de cara a la pared, o con
los brazos en cruz, optativo a dos libros en
cada mano, y no faltaban los castigos hincados
de rodillas en el suelo. Estas severas medidas
se me antojan excesivas pero respondían a una
época (años 60) en que predominaba una disciplina
prusiana en toda Europa (dejémonos del franquismo,
palabrita a la que hoy, más que nunca, se agarra
la izquierda rancia) y no digamos la disciplina
inglesa, no la erótica sino la de fusta en las
rosadas ancas del alumnado). La letra con sangre
entra. Se decía y era verdad. Un suspenso en
matemáticas o dos días de pellas conllevaban
un domingo sin fútbol o un jueves sin cine del
oeste. Y te aplicabas. Cómo que si te aplicabas,
porque, además, te jugabas un duro —la paga
paternal—, nada menos que cinco pesetas para
los futbolines del barrio y en el que habías
de incluir un chicle bazoka de fresa y si algo
sobraba se invertía en un sobre de cromos. Hoy
los vagos y maleantes de las escuelas son recompensados
por su inasistencia a clase, por dar dos hostias
al profesor o por propinar una tunda al compañero,
al que, encima, le llaman cobarde de mierda.
Ni aquello ni esto. Pero servidor, que fue a
los frailes menesianos, de origen francés, con
sede central en Nanclares de la Oca (Álava),
estrictos, rigurosos, educadores sin empalagar,
en modo alguno meapilas, se queda con aquel
régimen de estudios. Aunque Echanove, el actor,
también alumno a la sazón, se cagara —le oí
decir en la radio— en el director, el hermano
Genaro, y es que todo intérprete mediocre, y
encima progre, no asume ni el mejor papel del
reparto. Por lo tanto, tras este largo exordio,
reivindico el esfuerzo, el trabajo sin límites
y el afán de superación, lejos de igualdades,
cuotas y otras zarandajas feministas. Con incentivar
económicamente a los malos estudiantes se conseguirá,
por un lado, un hábito perverso y un pésimo
ejemplo para los educandos aplicados, y, por
otro, coartará la libertad del alumno que, al
ver subvencionado su desinterés por el estudio,
podría iniciarse en otros derroteros productivos
como es la añorada Formación Profesional. El
teólogo y exegeta Orígenes, que debía ser un
iluso, mantenía que a los niños había de enseñárseles
a investigar por sí mismos. Hoy, tristemente,
el socialismo decide por ellos. Todo sea por
el voto.
slopezcastillo@eresmas.com
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