Número: 1961 / 29 de junio - 05 de julio 2009

Orejas de burro
MANUEL DOMÍNGUEZ MORENO
El relajo moral y recreativo que vive nuestro país hace, por si fuera poco, que las criaturas en edad escolar sean consideradas más por su burricie, con perdón de los solípedos, que por sus entendederas, generalmente escasas. Y no contentos con ser la cagada de Europa en materia de educación, el ex rector y ex curita hermano de Gabilondo, el socialismo hermana, compañero, quiere premiar a los zotes con una beca para que sigan sentados al duro banco habida cuenta de que paga el Estado. Se premia el suspenso y se domina la voluntad. Esta creciente permisividad, unida al escapismo de las aulas y al trabucaire del alumnado, nos lleva a la conclusión de que hay que premiar a los malos y despreciar a los buenos. En tiempos, a los desaplicados e ineducados los maestros les ponían unas orejas de burro de tamaño kilométrico. También existía el de cara a la pared, o con los brazos en cruz, optativo a dos libros en cada mano, y no faltaban los castigos hincados de rodillas en el suelo. Estas severas medidas se me antojan excesivas pero respondían a una época (años 60) en que predominaba una disciplina prusiana en toda Europa (dejémonos del franquismo, palabrita a la que hoy, más que nunca, se agarra la izquierda rancia) y no digamos la disciplina inglesa, no la erótica sino la de fusta en las rosadas ancas del alumnado). La letra con sangre entra. Se decía y era verdad. Un suspenso en matemáticas o dos días de pellas conllevaban un domingo sin fútbol o un jueves sin cine del oeste. Y te aplicabas. Cómo que si te aplicabas, porque, además, te jugabas un duro —la paga paternal—, nada menos que cinco pesetas para los futbolines del barrio y en el que habías de incluir un chicle bazoka de fresa y si algo sobraba se invertía en un sobre de cromos. Hoy los vagos y maleantes de las escuelas son recompensados por su inasistencia a clase, por dar dos hostias al profesor o por propinar una tunda al compañero, al que, encima, le llaman cobarde de mierda. Ni aquello ni esto. Pero servidor, que fue a los frailes menesianos, de origen francés, con sede central en Nanclares de la Oca (Álava), estrictos, rigurosos, educadores sin empalagar, en modo alguno meapilas, se queda con aquel régimen de estudios. Aunque Echanove, el actor, también alumno a la sazón, se cagara —le oí decir en la radio— en el director, el hermano Genaro, y es que todo intérprete mediocre, y encima progre, no asume ni el mejor papel del reparto. Por lo tanto, tras este largo exordio, reivindico el esfuerzo, el trabajo sin límites y el afán de superación, lejos de igualdades, cuotas y otras zarandajas feministas. Con incentivar económicamente a los malos estudiantes se conseguirá, por un lado, un hábito perverso y un pésimo ejemplo para los educandos aplicados, y, por otro, coartará la libertad del alumno que, al ver subvencionado su desinterés por el estudio, podría iniciarse en otros derroteros productivos como es la añorada Formación Profesional. El teólogo y exegeta Orígenes, que debía ser un iluso, mantenía que a los niños había de enseñárseles a investigar por sí mismos. Hoy, tristemente, el socialismo decide por ellos. Todo sea por el voto.


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