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Un
infarto fulminó el corazón de un escritor, periodista y divulgador histórico inigualable.
Juan Antonio Cebrián (Albacete, 1965) dejó huérfana en octubre la madrugada radiofónica
de los fines de semana en Onda Cero, cadena de emisoras donde ha curtido una fecunda
carrera (también realizó La Red, Azul y Verde, más el inolvidable Turno de Noche).
La Rosa de los Vientos, el último programa que dirigió, era cita inaplazable para
quienes queremos saber más, descubrir lo oculto o acertar en sospechas. La legión
de seguidores que acumuló durante casi 15 años se han quedado sin el alma. Con
la impagable ayuda de colaboradores de lujo, Bruno Cardeñosa y Fernando Rueda
entre otros tantos, las palabras de Cebrián impedían conciliar el sueño a sus
oyentes, encantados con las alternativas informativas que ofertaba el investigador.
Quienes tuvieron cerca al castellanomanchego destacan su tesón, capacidad de trabajo
y espíritu noble. La óptica de quienes no tuvimos la fortuna de conocerle es la
de un personaje quijotesco con afán de divulgar aspectos polémicos o fascinantes
de la Historia, incógnitas de los servicios secretos o bucear en historias de
la Historia (valga la redundancia). La faceta literaria se detiene en los personajes
y culturas que extasiaban a Cebrián: godos, romanos, Tutankamon, cruzados, conquistadores.
Fue un best seller, traducido al portugués y catalán, de novela histórica con
rigor de experto. Las palabras del periodista se trasmutan a lo literario sin
complejos, sin hipotecas, sin giros, sin sombras… Su bibliografía más notable
la publicó en La Esfera. En prensa escrita destaca su etapa al frente de la revista
LRV y sus excelentes relatos sobre personajes históricos que publicó en El Mundo
y su Magazine. La idea que nos quedará de Cebrián es que profundizó, con la ilusión
de un niño que quiere descubrir, en todos sus sueños como un explorador que hace
crónica de sus descubrimientos. Cebrián nos regala su humildad desde el respeto
y admiración o rechazo hacia personajes que dejaron huella en el recuerdo colectivo.
Pero el infarto que segó la vida del periodista, novelista y explorador en nobles
empeños nos recuerda que somos humanos. Estamos de paso en una corta existencia.
Si se nos permite, la vida de Cebrián fue demasiado corta pero intensa. Añoraremos
su voz, su estilo. También le tiraremos de las orejas, allá donde esté, a un fumador
empedernido. Sus malos humos le pasaron factura antes de tiempo. El explorador
ya es historia por culpa de un hábito que debió abandonar para seguir haciéndonos
disfrutar con sus misiones divulgativas e informativas. Nos queda el consuelo
de una obra, y una vida. Hasta siempre, maestro.
andaluciaviva@activanet.es
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