número 51 • julio - agosto                                                                 Director: Manuel Domínguez Moreno
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La novela colombiana posterior a
Cien años de soledad

Sólo cinco ficciones, sostiene el crítico, merecen figurar en el santoral de la gloria del Nobel que ya dura 43 años: Cóndores no entierran todos los días (1972), de Gustavo Álvarez Gardeazabal; Los parientes de Ester (1978), de Luis Fayad; Sin remedio (1983), de Antonio Caballero Holguín; La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo, y El crimen del siglo (2006), de Miguel Torres.
Et tout le reste est littérature


Cuenta Gerald Martin (A Life, 2008) cómo en cierto momento de junio de 1965 GGM escuchó a la musa que le ordenaba redactar, en los dieciocho meses que vendrían, la saga de los Buendía.
Hasta ese momento, la llamada novela colombiana había adolecido de todos los pecados narrativos desde el Siglo de las luces, un fastidioso realismo que hizo de la mayoría de las obras literarias sucedáneos de la Historia, personal o colectiva. A partir de Cien años de soledad (Buenos Aires, 1967) no pudo volver a hablarse de la realidad sino de sus representaciones, como lo había inaugurado Jorge Luis Borges en sus inesperadas historias desde los años cuarenta. GGM había recibido ese don luego de haber leído las versiones de las novelas de William Faulkner que Borges y su madre habían confeccionado para hacerle legible en español, todo ello cocinado con Rulfo, la Biblia, Rabelais y las narraciones orales de su tía Francisca Simodosea. Un meteorito había caído sobre los rutilantes planetas de la narrativa colombiana de entonces: Eduardo Caballero Calderón [El buen salvaje, Premio Nadal, Barcelona 1966], Manuel Mejía Vallejo [El día señalado, Premio Nadal, Barcelona, 1963], Próspero Morales Pradilla, Héctor Rojas Herazo [Respirando el verano, Premio Esso, Bogotá, 1961] y Manuel Zapata Olivella.

HAROLD ALVARADO TENORIO


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