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Escarpa.
La primera vez que le veo es en un local que tiene por Latina, un local extraño
en un entresuelo. Jesús Urceloy va a hacer una lectura de poemas y Escarpa es
el presentador. Aparece vestido como un personaje de Lope : calzas y camisa de
colores vivos, sombrero de ala ancha rematada en una pluma. Me flipa que para
una simple presentación —todos los hacemos deprisa y corriendo— alguien tenga
la generosidad, y el talento, de tomarse tantas molestias. Pregunto a quien está
a mi lado ¿quién es? ¿cómo se llama ese tipo inverosímil? Gonzalo, Gonzalo Escarpa.
En el segundo encuentro Escarpa está pero no se le ve, no se le recuerda, no deja
huellas en la memoria, es invisible. Una de sus muchas habilidades es el arte
de la invisibilidad. Se trata de un recital contra la guerra en el piso de arriba
del Comercial. Recuerdo el show pero no a él. Curiosamente sí recuerdo a Espido
, e incluso lo que dijo, que por aquel entonces era su chica; o el chico de ella
— no seamos sexistas— era él: Escarpa. En un bar de Lavapiés, me doy cuenta mientras
escribo que a los poetas españoles modernos parece encantarles el tema de la guerra
y las armas como pretexto para reunirse y hacer un poco de ruido. Se presenta
un libro en el que yo también estoy, como prosista, titulado La paz y la palabra.
Lo ha coordinado Paco Sevilla con toda la emoción y afecto que siempre le caracterizan;
pero el acto es bastante aburrido, nada me llama la atención (Sí, el vestido de
una chica lleno de cortes por todos lados; un desnudo/vestido fascinante que había
diseñado ella misma). Hasta siento la tentación de largarme, pero entonces sube
al escenario un tipo de pelo largo y barba, delgado, tranquilo, vivaz y absolutamente
dueño de sí mismo. Compone un poema pegando letras sobre la camiseta negra que
lleva; la idea es buena, pero la forma, el modo en que lo lleva a cabo, es algo
más: un toque de genio. Es Escarpa, claro. Gonzalo Escarpa. Vuelvo a verle en
su Circo de Pulgas un par de veces, creo que tocaban Nacho Fernández , Mercado
y Pedro de Paz ; de nuevo Escarpa juega al hombre invisible, pero se digna a hablar
conmigo, y es una conversación interesante, detrás de su máscara imposible de
fijar para la memoria. La penúltima vez es más divertido. Cierran la librería
Amargord y el personal está recitando poesías llorones y levantando vidrio con
cara de funeral por una hormiga. Pero hay alguien diferente, alguien que no necesita
el micro blandito que han instalado en el escenario, sino que saca de una bolsa
un megáfono y consigue que la vida, la esencia de la vida, acuda al entierro de
la librería. Hoy me ha llegado un sms. En la Casa Encendida montaba un show de
Yuxtaposiciones, varios espectáculos al mismo tiempo. Subo y bajo escaleras, entro
y salgo de las salas. No le encuentro por ningún sitio. Vuelve a ser invisible.
Hasta que al final le espero —con paciencia de cazador— y le hago una foto. La
que ilustra esta columna. Pero ese no es Escarpa. Escarpa, una vez más, utilizaba
su magia más lograda, la que le hace no dibujable ni recordable, omnipresente
pero invisible. Escarpa.
www.javierpuebla.com
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