Ante los embites de la globalización, donde hacen de las suyas los movimientos
especulativos, el pez pequeño queda aprisionado en las redes del gran capital
y su intervencionismo sin escrúpulos. Los jerarcas no mentan la palabra crisis
para no abonar el pesimismo. Aunque si la cosecha arde, lo natural no es transmitir
que en el horizonte se perciben diminutas señales de humo. Se reconoce y se ponen
los medios para que el incendio al menos no acabe destruyendo la morada de los
campesinos. Hay que hablar claro. Es notorio el menor crecimiento, el aumento
del paro a límites históricos, que los tipos de interés son los más caros de los
últimos ocho años y que la inflación se ha descontrolado hasta alcanzar el 4,7
por ciento. Las medidas de relumbrón del Gobierno no son suficientes para frenar
el aumento de damnificados por una crisis que avanza. Si el desempleo mantiene
la evolución registrada en los últimos trimestres, el año acabará con 2,7 millones
de parados. Desconocemos si lo peor está por llegar. La época de las vacas gordas
y el superávit en los fondos públicos parece haber tocado a su fin. Las prestaciones
por paro crecen un 30 por ciento, lo que obligará a la Seguridad Social a desembolsar
4.000 millones de euros más de lo previsto. Amén del estallido en toda regla de
la burbuja inmobiliaria, la industria no se muestra tan competitiva como debiera
por falta de inversiones. Las familias, los agricultores, transportistas y pescadores
no alcanzan el final de mes, todo se les hace cuesta de enero. Los que mueven
el dinero compran y venden crudo o se retiran de la construcción a valores emergentes.
Son los que triunfan en el río contaminado de la depresión general. La confianza
del consumidor anda bajo mínimos dado que es el primero que, agobiado por salarios
ridículos que nunca crecen al ritmo del coste de la vida, percibe las fatales
consecuencias de la recesión económica. Mucho más que las cuentas de la Administración.
La recaudación de las comunidades autónomas ha descendido una tercera parte. Ante
el enfriamiento siempre los hay mejor preparados, especialmente los beneficiados
de la ingente riqueza acumulada en la última década, esos que ahora exigen ayudas
cuando se han atiborrado gracias a la temporalidad en el empleo y a la alta precariedad.
Lo extraño es que sean pocos los que clamen por la necesidad de impulsar un modelo
productivo alternativo. Con la especulación y el lucro rápido y fácil el reparto
de la riqueza no alcanza a los que menos tienen, esa legión de recursos mínimos
a la que no llega el cheque de 400 euros que prometió el Ejecutivo en campaña.
El crecimiento sin fines sociales condena a la pobreza a millones de personas.
Los que más ganan y tienen son los que se deben de corresponsabilizar de la crisis
ayudando con el pago de unos impuestos especiales que ahora no se les exigen