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En
los últimos días han caído en mis manos dos libros, dos libritos si atendemos
al número de páginas y palabras, que he leído, disfrutado, de forma poco común.
Empecemos por orden cronológico o de lluvias: cuando cayeron en mis manos. El
primero, el firmado por Bennet, se titulada Una lectora nada común, está publicado
por Anagrama y cuenta la historia, probablemente ficticia con algún apoyo real,
de la repentina afición a la lectura de la reina de Inglaterra —a quien en la
portada del libro se puede ver enmarcada en la ventana de un carruaje con cara
de reina de Inglaterra— y como esa afición cambia su vida y sirve de paso a Bennet
como pretexto para marcarse frases tan brillantes como auténticas, a saber y a
modo de ejemplo: “A los libros no les importaba quien los leía o si alguien los
leía o no”. Otra: “Leer ablanda, mientras escribir hace lo contrario. Para escribir
hay que ser duro”. La peculiaridad en mi lectura del libro de Bennet no reside
en que lo haya subrayado sin el menor respeto —con rotulador o bolígrafo— como
hago siempre, o escrito y copiado las frases que más me gustaban en las páginas
finales en blanco o de cortesía. Eso, ya digo, es lo normal, lo habitual, en mí
como lector. Lo raro fue que no me lo leí de un tirón, sino que lo estiré, lo
dividí en cuatro sesiones, en cuatro noches, para que me durase, para que no se
me acabase y así mi disfrute se prolongase un poco más en el tiempo; porque es
un libro con el que cualquiera que ame la lectura se lo pasa como un niño a quien
Peter Pan hubiese invitado a Neverland. Con el segundo libro me pasó lo contrario.
No fue capaz de parar, aunque lo intenté, juro que lo intenté. Jesús Marchamalo:
Tocar los libros, primera edición Centro de Profesores de Cuenca, segunda edición
—la que a mí me llegó de manos del propio y centelleante Marchamalo al final de
una cena de “amor y muerte” organizada por Alejandro Dolz a orillas del Manhattan
manchego, Cuenca, es del Centro Superior de Investigaciones Científicas (creo
que puede descargarse en pdf de su página web, www.jesusmarchamalo.com de modo
gratuito, pero —yo lo sé— el resultado de leerlo en la pantalla no puede ser igual
al de tenerlo entre las manos, tocarlo). Como ya he confesado intenté aplicar
la táctica utilizada con Bennett: racionarlo, no zamparme la caja de letras/bombones
de una sola y única sentada. Fallé. Descansaba un segundo, iba a por mi Richard
Ford, me ponía los zapatos para bajar a dar una vuelta por la calle, y ya estaba
de nuevo sentado en cualquier sitio leyendo un poco más hasta que faltaban tan
escasas páginas que era absurdo no terminarlo y cerrarlo con una sonrisa feliz,
de lector encantado. Pero lo más raro, peculiar, fue que al día siguiente, volví
a coger el libro, leerlo entero, decidir que lo recomendaría a propias y extraños
y también a mí mismo: una tercera vuelta. Nunca había leído un libro dos veces
en dos días seguidos. Un peligro tanta brillantez en alguien que se dice periodista,
que tiene un apellido extraño y un nombre aureolado, Marchamalo, Jesús, Jesús
Marchamalo.
www.javierpuebla.com
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