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Ahora
que se han democratizado los viajes estelares y que para ocupar una plaza en un
trasbordador espacial basta con haber sido estudioso, saber idiomas, no fumar,
no beber, ser atlético y otras virtudes que del mismo modo que nos diferencian,
nos pueden igualar; los dirigentes del Partido Popular podrían introducir algunos
valores democráticos en sus reglas de funcionamiento para facilitar su integración
democrática real en una sociedad que lo es desde hace treinta años. Y es que el
debate y la forma de plantearlo han superado todas las previsiones posibles. Y
en el fondo de su situación se encuentra ese concepto anticuado de partido político
decimonónico, donde los líderes determinan las reglas de juego según su conveniencia
y el ascenso a los puestos de representación se conquista por méritos de dudoso
calado político y sí de profunda componenda personalista o mediática. Y basta
para certificarlo ver como el señor Pizarro ha sido número dos de Rajoy para luego
no ser nada de nada, después de haberse incorporado al partido el mismo día que
a la candidatura y de haber logrado, por virtud de vaya usted a saber qué procedimiento
democrático y legal, ser miembro en el mismo acto de los órganos de gobierno del
PP. Con estos principios es fácil comprender la conservación del poder en la cúpula
aznarista del PP, tras el fracaso electoral de 2004 y el descubrimiento público
del “pastel” del fraude informativo, tras el terrible atentado islamista de los
trenes. O que hayan pretendido conservarlo tras cuatro años de agitación incivilizada
y de exponer a nuestro sistema a un enfrentamiento de consecuencias imprevisibles.
Esa misma actitud de supervivencia en el eje mismo del poder que ahora pretenden
recuperar con los portazos encadenados que le están dando en las narices al señor
Rajoy. ¿Qué credibilidad puede tener esta nueva desafección ideológica protagonizada
por María San Gil en el partido del cuaderno azul? ¿Qué herida se le puede haber
abierto en el PP que durante el congreso de la sucesión permitió que ésta se decidiera
a dedo y por sorpresa por Aznar entre una terna fijada por él mismo? ¿Qué diferencia
orgánica se puede tener en un partido que actúa así? Si no hay principios y no
hay reglas, no se puede estar en contra ni de los principios ni de las reglas.
Es evidente. ¿Dónde se quejaba San Gil cuando el PP pactó con el PNV la investidura
de Aznar? Su portazo es tan instrumental como todo lo demás. Nace del fruto de
una ambición y es útil como coartada para la promoción no de unas ideas sino de
unas personas. El pistoletazo de salida está dado y en el PP de las derrotas sucesivas
cualquiera puede optar a lo que quiera. Rajoy creía que Rosa Díez sólo hay una
y que él estaba libre de llevar la cruz que le corresponde en esto de cargar con
los productos del victimismo. Al líder y a la lideresa les ha salido competidor.
O competidora, por lo menos, moral. Es lo malo de fabricar estos falsos mitos,
que luego hay que cargar con ellos.