Número.1904 - 26 de mayo - 01 de junio 2008

 

   LA VENTANA DISCRETA
SANTIAGO LÓPEZ CASTILLO
¡Qué Telma!
Vaya con las hermanitas de la princesa. Cuando no es por una cosa es por otra, pero siempre dando tres cuartos al pregonero. Una, Erika, se fue de este mundo en extrañas circunstancias. Y, hoy, la tal Telma (sin Louise), se está haciendo más famosa que la protagonista de aquel filme. Y, por si fuera poco, para desmemoriados, la madre de doña Leticia (me niego a escribirlo con zeta) fue pescada, in fraganti, copiando en un examen de la Universidad a Distancia. Vaya, vaya, con la familia Ortiz Rocasolano. Claro que toda la escandalera viene precedida por el casamiento de la locutora con Felipe, quien, nada más verla —con el debido respeto— se le hizo el culo coca-cola. Critiqué en la prensa —puede que con excesiva acritud— la boda del Principito por la elección de la novia, de todo punto impropia de una Casa Real y más la española: separada, agnóstica, de padres divorciados, republicana y déspota de tomo y lomo además de trepa como sabíamos cuantos trabajábamos en Televisión Española, que éramos montón. A partir de entonces (año 2004), y tras el artículo que titulé “No quiero”, la Zarzuela dejó de cursarme invitación alguna, y eso que tengo a gala, en un lugar preferente de mi casa —como no podía ser de otra manera—, una foto de los Reyes enmarcada en plata con dedicatoria personal. Sin contar los numerosos afectos y retratos que guardo con Don Juan Carlos y Doña Sofía, a los que profeso respeto y admiración. Pero a lo que iba. Esta idiotizada persecución de la hermana de la Princesa de Asturias, creyéndose —por elevación— la Reina de Saba, por más que sea cooperante de la Cruz Roja o de cualquier otra respetable oenegé, hermana de su hermana, no debe dar pábulo a tamaña gresca que provoca debate entre el periodismo serio y el de las vísceras de todo corazón, por supuesto. La inefable Telma, sin Louise (obsérvese la originalidad de los nombres familiares: Letizia, Erika, más el propio Telma, en un evidente afán de notoriedad), está dando que hablar más de la cuenta. Lo malo es que la melé salpica a nuestra Monarquía. Y no es bueno para el sistema. Claro que las prospecciones políticas ya aventuran un cambio de régimen (España sin tierra pero con reinos taifas), que —vaya usted a saber— contaría con el beneplácito de la Zarzuela, para, así, seguir reinando en un Reino después de morir. Telma, la reina de la polémica, puso en jaque a toda una legión de medios (57 para ser exactos) y concitó en la vista judicial de Toledo mogollón de letrados de las editoras denunciadas que parecía un macro juicio. La cooperante, afincada con su pareja en España tras su maternidad, enhorabuena, mujer, basa la demanda en la ley del honor, intimidad y la propia imagen. Claro que, peldaños más arriba, la Constitución (art. 14) afirma que todos los españoles somos iguales ante la ley, y la realidad nos demuestra, mi añorado Pedro Pacheco, que, en efecto, es un cachondeo. Lo más vergonzoso y reciente es que el Constitucional sancione más al hombre que a la mujer por un mismo hecho en la ley de violencia de género. ¡Qué pelmas, Telma!

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