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Salgo
con más de una hora de tiempo en dirección a la librería Fuentetaja; con las manos
en los bolsillos y los pensamientos enredándose en cualquier sitio que atrae mi
atención. Voy en el metro, voy solo, callejeo, me paro ante los escaparates, dejo
que se pierdan aquí y allá los minutos... Aun así cuando llego a Fuentetaja faltan
cuarenta y cinco minutos para que comience el “chou”. En la puerta ya están Antonio
Pacios, Escapista, y su hermana, que ha venido desde León expresamente para la
presentación. En Fuentetaja todo son amabilidades y sonrisas. Marisa, en la caja,
y Alfonso, en la dirección, probablemente aún no se creen que seamos capaces de
repetir el éxito de diciembre, más de ciento cincuenta ejemplares vendidos y tantos
asistentes que costaba llegar a ver/escuchar a los autores. Esta vez son siete.
Siete frasquitos de nitroglicerina: nerviosos, emocionados, felices... Mi misión
es sencilla: hacer que no estallen, que su energía se neutralice y la utilicen
correctamente, ser la celulosa que convierte en dinamita manejable la inestable
nitroglicerina. Publicar un libro, presentarlo ante los tuyos, es una experiencia
maravillosa pero también desestabilizante y extraña: el ego, los egos. Y una gota
de sudor se desliza bajo mi panamá y me mancha la cara. También yo tenía mis dudas
de que lográramos llenar; el tiempo andaba revuelto, era lunes, dos de los autores,
Lorena Liaño, Sabores, y Cecilia Denis, La vida que no te puede tocar, ya habían
publicado con anterioridad, a Cristina García-Rosales, Los días en que nos inventamos,
no ha convocado siquiera a su familia completa; tampoco yo a la mía. Ni siquiera
a mi hermano e incondicionales y amigos. En octubre volverán a levantarse las
carpas de mi circo privado. Son casi las siete, la hora de empezar y apenas hay
nadie; muchas sillas libres. Sólo Mar Cassinello, ¡Vaya potra!, ha llegado a tiempo
y está ya firmando. Agota los 50 ejemplares que habíamos llevado antes de que
comience la presentación. La best seller de la mínima editorial que he bautizado
Haz milagros. Pura Fernández, Cay, llega justo cuando pruebo micros. Será ella
quien abra el fuego, quien lea el primer episodio de su libro. Ángel Arteaga,
Doli Cortés. Álbum perdido, absolutamente dueño de sí mismo, cerrará el espectáculo.
Hace calor. No cabe un alfiler. El sudor empieza a incubarse bajo la paja oscura
de mi panamá de ala ancha. No lo voy a conseguir. La nitroglicerina estallará
y yo no lograré estabilizarla. Pero el escenario siempre habla solo, no necesita
siquiera del actor si este se entrega. Cuando me levanto de la mesa cuarenta y
dos minutos después —exactamente cuarenta y dos— sólo encuentro felicidad y sonrisas
a mi alrededor, y el tintineo de la caja en el piso de abajo, las plumas y rotuladores
de mis autores moviéndose sin parar, las miradas cómplices y afectuosas de conocidos
y desconocidos. Aún tardo un rato en quedarme solo. Camino por la ciudad, entro
en un bar donde nadie me conoce ni atiende. Me siento pequeño y frágil. Oh, Capitán,
mi Capitán, el largo viaje terminado y concluido.
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