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Los
ciclos políticos se delimitan por grandes acontecimientos que marcan las diferencias.
No son los inicios o los finales de legislatura, a no ser que éstas impliquen
un cambio en el partido de gobierno. Durante la “época González” se sucedieron
gobiernos socialistas y el ciclo fue prácticamente el mismo entre el 86 y el 91,
cuando comenzaron las divisiones internas que tanto se alimentaron desde el grupo
Prisa. Y luego hubo varios “ciclos”: el del 91 al 95, caracterizado por la crisis
interna del PSOE, y el del 93 al 96, marcado por los escándalos judiciales. Así
que, si aceptamos el término, este nos sirve para definir escenarios políticos
y no plazos de tiempo. El “capitán mande firmes”, con voz femenina, segura y templada,
ha marcado el inicio de un ciclo distinto en las relaciones del poder civil con
el estamento militar. El Ejercito que quiso revolver Mena se encuentra bajo la
dirección de una mujer catalana que pertenece a la generación de la democracia:
la que creció más con González que con cualquier otro político, tal y como recordaba
ella misma en la celebración del mitin del Palau San Jordi —un icono en la historiografía
de las convocatorias electorales socialistas—. España cambia a un ritmo vertiginoso.
Aunque para apreciarlo hay que dirigir con corrección la mirada. Si lo hacemos
hacia el PP, el conservadurismo clásico de nuestra historia —refugiado durante
años en un laboratorio de ideas que tomaba el nombre de Cánovas del Castillo—
y ahora itinerante entre la FAES, Génova y la Puerta del Sol, la conclusión sería
bastante inmovilista pues la aportación que nuestra derecha ha hecho al proceso
histórico español es bastante limitada. Muy tímida por aquello de la minoría en
el primer gobierno de Aznar y muy temida durante la mayoría absoluta de la guerra
y los atentados. Pedro J. Ramírez, que acaba de publicar un nuevo libro, es un
gran cronista de nuestra derecha y domingo a domingo viene mostrando la situación
que atraviesa el PP en sus famosas macro columnas. El Mundo, como proyecto empresarial,
pidió en un editorial el voto para el PP y otra fuerza que no recuerdo. Forma
parte de la legitimidad propia de este ciclo político. Por tanto, es consecuente
que manifieste su opinión tanto sobre el resultado como sobre la gestión de éste.
El PP le debe mucho tras la derrota de 2004, cuando se negaron a iniciar un necesario
nuevo ciclo, y El Mundo contribuyó, desde sus páginas, a la cohesión interna más
que muchos dirigentes de esa fuerza. Por ello es poco argumentable por Rajoy pedir
que este medio no tenga derecho de opinión sobre la administración —garrafal—
de la crisis final de su ciclo en el PP. Hace unos días, asistimos al final de
otro. Con la muerte de Calvo Sotelo y el protocolo de sus exequias, la Guardia
Civil volvió a entrar, armada, en el Congreso de los Diputados ante el presidente,
las mesas del Congreso y del Senado y los Reyes y sus herederos. La última vez
había sido durante la votación de investidura del presidente fallecido, cuando
entraron, no para rendir honores como esta vez, sino para intentar acabar con
la democracia. Tiene gracia que coincida, precisamente, con el ciclo de Carme
Chacón al frente del Ejército. Será una señal.