A la película de los hechos no le faltan alicientes. Está el líder cortocircuitado,
la marquesa consorte de consultas con el adivino y los que deciden cambiar de
barco porque creen que no podrá hacer frente a las crueles embestidas. Unos conspiran,
hay quien resiste o se parapeta y aquellos que se marchan conscientes de que serán
arrojados por la borda para que pueda continuar la navegación. El PP es un escenario
tempestuoso donde no se sabe a ciencia cierta si el actual presidente nacional
volverá a ser el candidato del partido a La Moncloa. Los rivales están fuera,
en el PSOE, pero el enemigo de ahora mismo se esconde dentro. Mientras Mariano
Rajoy hace maniobras con los bolos para que no se le caigan, la vieja guardia
aznarista ha desenfocado su estrategia. Una parte de ellos exige estar representada
en la nueva dirección y están aquellos que han sido despedidos en la intimidad,
como Eduardo Zaplana, y en vez de ejercer en escalones inferiores porque están
quemados prefieren dedicarse a ganar más dinero, lo que tampoco dejaron nunca
de hacer. No importa mucho dónde militen. Siempre acaban en los mismos lugares.
Debe ser porque se han buscando esa recompensa con su esfuerzo o inutilidad para
que el envidiado capital no deje de lucir sus galas en medio de la crisis. El
gallego persigue la catarsis, librarse de las impurezas de un pasado legionario
sin gloria. La derecha precisa revestirse de un disfraz europeo. Con Acebes y
Zaplana, tanto monta, se entró en una espiral malsana, de contubernios, mentiras
que resultaron arriesgadas y compadreos con la curia católica que amenaza con
levantarse si se recortan sus incomprensibles privilegios, estrujando a las víctimas
del terrorismo, negando a los demás el mismo pan y sal que ellos estuvieron ingiriendo.
Parte sustancial de una clase política que añora todavía, es escandaloso, la sangrienta
placidez del viejo régimen que robó a punta de fusil la democracia a los ciudadanos.
Después se quejan de que los jóvenes no les comprenden, de que les llamen intolerantes
y reaccionarios. Nunca ha habido en un Consejo de Ministros más divorciados que
en la etapa de José María Aznar, otro que ahora se dedica a ejercer de conseguidor
de las altas finanzas. Tanto cinismo acaba por salir a flote. Hace bien Rajoy
en intentarlo y, si él fracasa, otros deberán poner en marcha la necesaria renovación
para que los lodos putrefactos se pierdan, aunque sea en vericuetos de la pasta
gansa. O se sigue oliendo a Valle de los Caídos y a ceniza de miércoles santo,
o se empieza a construir una opción moderada que persigue el centro buscando las
pautas de Angela Merkel en Alemania. Renovarse o morir. La guerra de familias
puede acabar dinamitando el partido o ser útil, siempre y cuando estén las ventanas
abiertas al objeto de que el aire fresco renueve al viejo.