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REFLEXIONES DESDE EL SOBERADO | Manuel
Domínguez Moreno |
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Capital por igualdad |
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protagonista de Germinal, la novela más social de Émile Zola, exclama desolado
cuando el hambre y la represión amenazan con poner fin a la huelga de la cuenca
minera, que paralizó el norte de Francia en 1860, que es posible sucumbir al desaliento
ante el poder invencible de los grandes capitales, tan fuertes en la batalla que
engordan en la derrota devorando los cadáveres de los pequeños, caídos a su lado.
Desde entonces, las relaciones entre el capital y el trabajo han cambiado sustancialmente,
pero el espíritu humano sigue siendo el mismo y el binomio explotadoresexplotados
engorda en las épocas de vacas flacas y en las crisis económicas, que ahora son
globales y afectan a todos los mercados financieros por la vía del contagio, como
si se tratara de enfermedades recidivas. Ahora, la economía se está enfriando
y se ralentizan los mercados. Decía ese actor que hizo de presidente de Estados
Unidos –y no me refiero a Harrison Ford sino a Ronald Reagan– que desaceleración
es cuando tu vecino pierde el empleo y crisis cuando eres tú quien se queda en
paro. Pues bien, en tiempos de crisis, los gurús de la globalización, asesores
áulicos de emprendores sin escrúpulos, esos que sostienen las dictaduras públicas
y privadas y niegan el pan y la sal al hombre-pueblo, los que no conocen el Sexto
Continente porque no hay desheredados en los paraísos fiscales donde habitan entre
la ilegalidad y la hipocresía, víctimas de su mediocridad, dicen todos esos profetas
de la globalización que el esfuerzo del Estado debe dirigirse a ayudar a las empresas
y a las actividades que las enriquecen, no a la financiación autonómica y al gasto
social para crear colegios, hospitales o centros para la tercera edad. Felipe
González, que defiende estas tesis desde su periódico, reconoce que este recorte
del gasto público en servicios sociales irá en detrimento del bienestar de los
que menos tienen, pero resulta imprescindible para que el capital se quite la
soga del cuello. ¿Y qué esperaban? En República Dominicana, de donde ha regresado
urgentemente el ex presidente para asistir al funeral de Estado por su antecesor
en el cargo, hasta los guías turísticos cuentan a través de megafonía cuando los
autocares atraviesan Samaná y las playas paradisíacas –y protegidas– del Parque
del Este: “...Y todo estos que ustedes ven por la ventanilla es o fue de Felipe
González y de sus amigos dominicanos y españoles residentes acá y alla... ”. Evidentemente
la hipérbole no resta credibilidad al fondo de la cuestión: capital a cambio de
igualdad para los amigos adinerados dueños de controvertidas fortunas a los que
no les duelen prendas en seguir exprimiendo al pueblo para mantener su estatus.
Harían mejor todos ellos, si es que les queda algo de conciencia, que lo dudo,
en poner al servicio de la sociedad sus pingües beneficios y su capacidad emprendedora
para crear nuevos medios de producción que si bien no serían tan rentables sí
que restituirían al pueblo el beneficio que tanto le escatiman. Suscribo esta
recomendación desde la coherencia y el socialismo. Pero, claro, combatir la crisis
económica con métodos insensibles para mantener a toda costa el beneficio y la
rentabilidad del capital, suspendiendo los proyectos de igualdad y recortando
el gasto social, no es sólo lamentable y atrevido, propio de dictadores privados,
sino también una indecencia. Menos mal que Zapatero prometió voluntariamente en
su investidura “elevar la decencia del Estado español”, básicamente en los conceptos
de igualdad, solidaridad y dignidad. Si no estarían ya royendo nuestros cadáveres.
www.manueldominguezmoreno.net
betisalai@manueldominguezmoreno.net
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