Número.1902 - 12 - 18 de mayo 2008

 

   REFLEXIONES DESDE EL SOBERADO
Manuel Domínguez Moreno
Capital por igualdad
MANUEL DOMÍNGUEZ MORENO
El protagonista de Germinal, la novela más social de Émile Zola, exclama desolado cuando el hambre y la represión amenazan con poner fin a la huelga de la cuenca minera, que paralizó el norte de Francia en 1860, que es posible sucumbir al desaliento ante el poder invencible de los grandes capitales, tan fuertes en la batalla que engordan en la derrota devorando los cadáveres de los pequeños, caídos a su lado. Desde entonces, las relaciones entre el capital y el trabajo han cambiado sustancialmente, pero el espíritu humano sigue siendo el mismo y el binomio explotadoresexplotados engorda en las épocas de vacas flacas y en las crisis económicas, que ahora son globales y afectan a todos los mercados financieros por la vía del contagio, como si se tratara de enfermedades recidivas. Ahora, la economía se está enfriando y se ralentizan los mercados. Decía ese actor que hizo de presidente de Estados Unidos –y no me refiero a Harrison Ford sino a Ronald Reagan– que desaceleración es cuando tu vecino pierde el empleo y crisis cuando eres tú quien se queda en paro. Pues bien, en tiempos de crisis, los gurús de la globalización, asesores áulicos de emprendores sin escrúpulos, esos que sostienen las dictaduras públicas y privadas y niegan el pan y la sal al hombre-pueblo, los que no conocen el Sexto Continente porque no hay desheredados en los paraísos fiscales donde habitan entre la ilegalidad y la hipocresía, víctimas de su mediocridad, dicen todos esos profetas de la globalización que el esfuerzo del Estado debe dirigirse a ayudar a las empresas y a las actividades que las enriquecen, no a la financiación autonómica y al gasto social para crear colegios, hospitales o centros para la tercera edad. Felipe González, que defiende estas tesis desde su periódico, reconoce que este recorte del gasto público en servicios sociales irá en detrimento del bienestar de los que menos tienen, pero resulta imprescindible para que el capital se quite la soga del cuello. ¿Y qué esperaban? En República Dominicana, de donde ha regresado urgentemente el ex presidente para asistir al funeral de Estado por su antecesor en el cargo, hasta los guías turísticos cuentan a través de megafonía cuando los autocares atraviesan Samaná y las playas paradisíacas –y protegidas– del Parque del Este: “...Y todo estos que ustedes ven por la ventanilla es o fue de Felipe González y de sus amigos dominicanos y españoles residentes acá y alla... ”. Evidentemente la hipérbole no resta credibilidad al fondo de la cuestión: capital a cambio de igualdad para los amigos adinerados dueños de controvertidas fortunas a los que no les duelen prendas en seguir exprimiendo al pueblo para mantener su estatus. Harían mejor todos ellos, si es que les queda algo de conciencia, que lo dudo, en poner al servicio de la sociedad sus pingües beneficios y su capacidad emprendedora para crear nuevos medios de producción que si bien no serían tan rentables sí que restituirían al pueblo el beneficio que tanto le escatiman. Suscribo esta recomendación desde la coherencia y el socialismo. Pero, claro, combatir la crisis económica con métodos insensibles para mantener a toda costa el beneficio y la rentabilidad del capital, suspendiendo los proyectos de igualdad y recortando el gasto social, no es sólo lamentable y atrevido, propio de dictadores privados, sino también una indecencia. Menos mal que Zapatero prometió voluntariamente en su investidura “elevar la decencia del Estado español”, básicamente en los conceptos de igualdad, solidaridad y dignidad. Si no estarían ya royendo nuestros cadáveres.

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