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Hay leyendas urbanas que a la postre son historias inventadas. Otras circulan
de boca en boca. Escandalizan a sus intermediarios, pero nadie puede hacer nada
porque el mal se consumó. Si añadimos a ello que los perdedores ya eran desheredados
de la sociedad, hoy toca sobrecoger al lector con verdades ficcionadas. Érase
una vez un matrimonio de profundas convicciones cristianas. No tuvieron hijos
aunque acumularon casi cincuenta millones de euros en saldos, pisos, locales,
plazas de garajes y numerosas fincas con edificaciones y plantadas con miles de
frutales. Años antes de óbito, la pareja testó a favor de 14 órdenes religiosas
dedicadas al cuidado, asistencia y manutención de los pobres. Fueron taxativos
estos ancianos antes viajar al más allá. La apertura del testamento no dejaba
lugar a dudas, estando perfectamente identificados los herederos. Algunos sobrinos
codiciosos descartaron pleitear, otros amoríos ‘post mortem’ de la pareja desaparecieron
ante una realidad tajante. Entonces, la diócesis de una provincia española se
puso manos a la obra para ejecutar y repartir la masa patrimonial. Fue acogida
como el maná por sus beneficiarios. Pero unas manos negras pensaron que era mucho
dinero para los pobres. Sólo recibieron migajas del botín. Los piratas de turno
tenían otros planes. Aunque jamás quedó claro, el Obispo del lugar fue desinformado
por la trama que decidió apropiarse del suculento pelotazo. Los cómplices fueron
el ecónomo, varios abogados, numerosos testaferros y terratenientes colindantes
de las explotaciones agrícolas que poseía la desdichada pareja difunta. La técnica
que dejó a los pobres en su mismo estado de necesidad fue ingeniosa. Los abogados
inspiraron expedientes de dominio a los vecinos de las fincas. Colectaban cosechas
ajenas, pero las pagaban —como minutas— en bufetes. Después iban obteniendo escrituras
en los juzgados, gracias a los oficios de unos desalmados. Durante varios lustros
el tema funcionó gracias a maniobras dilatorias. Algunas órdenes religiosas, alertadas
por tantos obstáculos, intentaron aclarar el robo contratando profesionales ajenos
a la guarida donde se cocía el delito. Nada aclararon. Chocaron contra quienes
tenían que aportar datos... los atesoraban sin soltarlos. Como pasa siempre, despistaron
para ganar tiempo. El epílogo de la historia es más triste aún. Hay polémica sobre
prescripciones, caducidades, artículos de códigos, leyes y demás recovecos jurídicos.
Los mismos sinvergüenzas que propiciaron el expolio a los pobres cobran más minutas
aún por deshacer el entuerto. Pero la historia tuvo ojos que la escrutaron. La
gran pena es que los pobres siguen igual. Algunos ‘ricos’ también lo son; sólo
tienen mucho, muchísimo dinero.
andaluciaviva@activanet.es
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