Número.1901 - 05 - 11 de mayo 2008

 

Juan Carlos Arias
Herencia ‘perdida’
Hay leyendas urbanas que a la postre son historias inventadas. Otras circulan de boca en boca. Escandalizan a sus intermediarios, pero nadie puede hacer nada porque el mal se consumó. Si añadimos a ello que los perdedores ya eran desheredados de la sociedad, hoy toca sobrecoger al lector con verdades ficcionadas. Érase una vez un matrimonio de profundas convicciones cristianas. No tuvieron hijos aunque acumularon casi cincuenta millones de euros en saldos, pisos, locales, plazas de garajes y numerosas fincas con edificaciones y plantadas con miles de frutales. Años antes de óbito, la pareja testó a favor de 14 órdenes religiosas dedicadas al cuidado, asistencia y manutención de los pobres. Fueron taxativos estos ancianos antes viajar al más allá. La apertura del testamento no dejaba lugar a dudas, estando perfectamente identificados los herederos. Algunos sobrinos codiciosos descartaron pleitear, otros amoríos ‘post mortem’ de la pareja desaparecieron ante una realidad tajante. Entonces, la diócesis de una provincia española se puso manos a la obra para ejecutar y repartir la masa patrimonial. Fue acogida como el maná por sus beneficiarios. Pero unas manos negras pensaron que era mucho dinero para los pobres. Sólo recibieron migajas del botín. Los piratas de turno tenían otros planes. Aunque jamás quedó claro, el Obispo del lugar fue desinformado por la trama que decidió apropiarse del suculento pelotazo. Los cómplices fueron el ecónomo, varios abogados, numerosos testaferros y terratenientes colindantes de las explotaciones agrícolas que poseía la desdichada pareja difunta. La técnica que dejó a los pobres en su mismo estado de necesidad fue ingeniosa. Los abogados inspiraron expedientes de dominio a los vecinos de las fincas. Colectaban cosechas ajenas, pero las pagaban —como minutas— en bufetes. Después iban obteniendo escrituras en los juzgados, gracias a los oficios de unos desalmados. Durante varios lustros el tema funcionó gracias a maniobras dilatorias. Algunas órdenes religiosas, alertadas por tantos obstáculos, intentaron aclarar el robo contratando profesionales ajenos a la guarida donde se cocía el delito. Nada aclararon. Chocaron contra quienes tenían que aportar datos... los atesoraban sin soltarlos. Como pasa siempre, despistaron para ganar tiempo. El epílogo de la historia es más triste aún. Hay polémica sobre prescripciones, caducidades, artículos de códigos, leyes y demás recovecos jurídicos. Los mismos sinvergüenzas que propiciaron el expolio a los pobres cobran más minutas aún por deshacer el entuerto. Pero la historia tuvo ojos que la escrutaron. La gran pena es que los pobres siguen igual. Algunos ‘ricos’ también lo son; sólo tienen mucho, muchísimo dinero.


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