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Acaba
de aparecer en español, bajo el título Acción de gracias y publicado por Anagrama,
el tercer volumen de la saga protagonizada por Frank Bascombe que comenzase a
escribir hace veintisiete años Richard Ford, nuestro mayor narrador vivo. El título
original, The lay of the land literalmente significaría “la bajada o el declive
de la tierra” y quizá se podría haber buscado un título que respetase el juego
de la aliteración en inglés: las eles de lay y land, algo así como “La caída o
la cuesta de la costa”, pero supongo que Herralde habrá tenido sus razones para
elegir Acción de gracias para marcar la cubierta del número 700 de su más que
prestigiosa colección Panorama de narrativas (puede que en ello tenga algo que
ver el traductor, que en esta ocasión no es el brillantísimo Mariano Antolín Rato
sino Benito Gómez Ibáñez). Richard Ford, el autor de esta obra magna, sufrió una
depresión cuando tomó la decisión, y tuvo la iluminación, de crear a Frank Bascombe;
era demasiado trabajo, demasiado esfuerzo para cualquier ser humano. Y, en efecto,
lo era. Pero superó la depresión, y tras veintisiete años tecleando, pensando
y planificando ha logrado culminar una trilogía maravillosa e inolvidable. La
primera entrega de la obra, The Sportwriter, El periodista deportivo, es un libro
excelente, un libro que a pesar de su grosor y del poco tiempo que dispongo me
he leído dos veces sin saltarme una página y sueño con poder leerlo una tercera.
Frank Bascombe es más real que la realidad, más cercano que nuestros vecinos o
amigos, más nosotros que nosotros mismos; es genial, como personaje es genial.
Confieso que cuando se publicó el segundo volumen, Indepence day, El día de la
independencia, temía que Ford no pudiese seguir manteniendo el nivel, se le fuese
de las manos su criatura como sucede casi siempre cuando un creador intenta lo
más difícil que existe en literatura: dar vida a un ente de ficción y que sobreviva
libro tras libro; se consigue, pero siempre hay algunos libros flojos. Mis temores
eran infundados, el segundo volumen de la trilogía era tan bueno como el primero.
También me lo leí dos veces; también sueño con tener tiempo algún día para leérmelo
una tercera. En este segundo volumen Bascombe ya no es periodista deportivo sino
que se dedica, y muy exitosamente, al negocio inmobiliario; profesión que mantiene
al principio de The lay of the land, pero acaba abandonando. En esta ocasión el
monólogo de Bascombe es lúgubre, el humor elegante se torna más negro: le han
detectado un cáncer de próstata. Cuando leemos determinadas cosas, en particular
experiencias sexuales y enfermedades, tendemos —como espectadores— a buscar una
identificación entre el autor y su criatura. Sé que Ford no padece de cáncer,
pero que temió tener un tumor mientras escribía el libro; quien sí tiene cáncer
es Bascombe y a la novela, 731 páginas, le cuesta despegar con tan difícil lastre;
pero lo logra. Bascombe vuelve a ser más nosotros que nosotros mismos. Y, al final,
el lector querrá aún más; necesitará volver a leerlo.
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