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Así
como los gobiernos de Suárez, González y Aznar despertaban interés por conocer
la orientación y el toque personal que iban a dar a la estrategia general del
presidente y no despertaban mayores recelos que los habituales en la conformación
de todo tipo de gabinetes, no ocurre igual con los de Zapatero ya que en ellos
se definen con claridad los principios y los objetivos de su política y en ellos
se encuentra, también, el significado mismo de la estrategia. Es lo que ha venido
a pasar con el último, que define en si mismo todo un objetivo cumplido en la
aplicación de las políticas de derechos e igualdad anunciadas en la legislatura
anterior y puestas en marcha en los primeros pasos de esta. Una vez más la caverna
ha vuelto a lanzar su rugido intolerante y, a falta de argumentos cristalinos
que sirvan para realizar una crítica política seria a las decisiones presidenciales,
han recurrido al viejo procedimiento del insulto y la descalificación sin más
esfuerzo intelectual que hacer uso de la caricatura y el machismo más salaz. El
primer gobierno en la historia de España que cuenta con más mujeres al frente
de las carteras ministeriales sólo ha recibido desde el lado oscuro de la política
y el periodismo la plasmación de un recurso tan clásico como indeseable de la
ideología conservadora: el machismo ultramontano de la cocina, la pata quebrada
y, por si fuera poco, de las modistillas. Modistillas eran las mujeres que trabajaban
para aportar sustento en familias que carecían de recursos básicos para la subsistencia.
Modistillas, cigarreras, tejedoras y calceteras —por ayudar un poco a mejorar
intelectualmente el extravío dialéctico— pero sin Robespierre. Sufriendo estas
mujeres la doble dificultad de ser de una clase explotada y además, mujer. La
República puso en su lugar a la mujer, es decir, bajo el paraguas del principio
de ciudadanía, y mujeres como Campoamor, Montseny o Nelken contribuyeron con la
palabra y la acción a la causa de la declaración de los derechos humanos, tan
pisoteados entonces. De las trece rosas alguna fue modistilla incipiente y la
que ahora ha desaparecido: la legendaria Rosario Dinamitera, glosada por Miguel
Hernández en un hermosísimo poema de guerra, y que era una trabajadora fabril
cuando el hecho de que la mujer trabajara fuera de casa era una realidad en la
zona democrática y un pecado en la que ganaría la guerra. Pero el calificativo
de “modistillas” no es pues más que un reflejo del lugar donde se ha quedado la
conciencia de nuestra derecha menos democrática, que no es otro que a caballo
entre el siglo XIX y el XX; se podría decir que a tres de este en el que estamos.
Lo que supone un descubrimiento para muchos ciudadanos y ciudadanas no es más
que una constatación para la mayoría que acudió a votar el nueve de marzo. Bibiana
Aído —la más castigada junto a Chacón— podría contestar metafóricamente y sin
temor a equivocarse con una de esas coplillas que tanto gustan a esa rancia casta
de casino provinciano: “Con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las
gaditanas tirabuzones”. Y las ministras.