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LA
VENTANA DISCRETA | SANTIAGO
LÓPEZ CASTILLO |
| Loa
del güisqui |
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El güisqui fue bebida de distinción en los tiempos idos pero ahora no tanto. Como
dicen los cursis e iletrados, se ha “socializado”. Los primeros degustadores ibéricos
profanaban el escocés con una coca- cola con hielo. Pero los genuinos consumidores
fueron los cuatreros del Oeste, que se echaban al gaznate un vaso ámbar en estado
puro. A sangre y fuego. O sea, de los que ardían las tripas y lubricaban el gatillo
para no darle tiempo al contrincante a desenfundar. Hoy, claro, las cosas han
cambiado, y en los restaurantes de varios tenedores el güisqui se toma al final
de las viandas en copa de balón. Para mí, sinceramente, esta degustación a los
postres me parece una horterada y una ostentación con tanto menear y marear el
líquido elemento con el meñique en posición de mástil. El copón, sin embargo,
va en decadencia y la moda es hoy el orujito de hierbas, que también me resulta
otra mariconada, aunque peor es un coñac fundador por más que esté como nunca.
Lo suyo, desde la perspectiva del consumidor pensante –especial para escritores–,
es degustar el güisqui a la hora del aperitivo. Confieso darle al escocés cuando
me pongo a juntar letras; bien para un artículo, bien para una novela. Ahora mismo
tengo el “Cutty shark” con las velas desplegadas orientándome el folio. Mi hora
de escribir va desde las doce del mediodía, la hora del ángelus, hasta las tres
de la tarde, otrora cuando terminaba el parte. De idéntica costumbre era el inolvidable
Dámaso Alonso que bebía “Haig” a morro, y escondía la botella bajo una mesa camilla
con faldas y a lo loco. Lo pude comprobar durante una memorable entrevista (memorable
por el verbo y su verso del académico) en su madrileña casa de El Viso; porque
cada vez que su esposa se asomaba al cuarto de estar, donde nos encontrábamos,
don Dámaso metía la botella tras las cortinillas como una bailarina avergonzada.
Habíamos saboreado, boca a boca, ronda a ronda, el líquido elemento, uisce beata,
del gaélico, agua de vida. En un plano distinto estaba Santiago Carrillo, en sus
años de diputado en Cortes, después de los muchos días de guerra civil peleona.
Bien, pues Carrillo degustaba el escocés a la hora del aperitivo y luego se lo
llevaba a la mesa, donde comía; siempre en vaso bajo y con un leve espíritu de
soda. Los parlamentarios, bien anticomunistas o pro comunistas, comentaban que
era un borracho de tomo y lomo porque comía ayudándose del alcohol. Mentira: dejaba
licuarse el escocés sobre el mantel para emprenderla con un buen rojo de La Rioja.
Peor fue don Juan, el Conde Barcelona, quien, en su tramo final de la vida, en
la Universidad de Pamplona, y según fuentes próximas al padre del Rey, le inyectaban
ginebra en vena, a sabiendas de su adición al gin-tonic. Y mucho peor es Luis
Gomis, quien, a sus 92 años, residente en la residencia de lujo donde está mi
progenitora, sólo ansía el güisqui que le abastecemos los amigos, familiares y
futuros deudos, aun con marcas de mata ratas. Es cuando el médico va y le dice:
-¿Y usted no se da cuenta de que se está matando? A lo que él responde: -¿Y qué
prisa tengo…?
slopezcastillo@eresmas.com
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