Número.1901 - 05 - 11 de mayo 2008

 

   LA VENTANA DISCRETA
SANTIAGO LÓPEZ CASTILLO
Loa del güisqui
El güisqui fue bebida de distinción en los tiempos idos pero ahora no tanto. Como dicen los cursis e iletrados, se ha “socializado”. Los primeros degustadores ibéricos profanaban el escocés con una coca- cola con hielo. Pero los genuinos consumidores fueron los cuatreros del Oeste, que se echaban al gaznate un vaso ámbar en estado puro. A sangre y fuego. O sea, de los que ardían las tripas y lubricaban el gatillo para no darle tiempo al contrincante a desenfundar. Hoy, claro, las cosas han cambiado, y en los restaurantes de varios tenedores el güisqui se toma al final de las viandas en copa de balón. Para mí, sinceramente, esta degustación a los postres me parece una horterada y una ostentación con tanto menear y marear el líquido elemento con el meñique en posición de mástil. El copón, sin embargo, va en decadencia y la moda es hoy el orujito de hierbas, que también me resulta otra mariconada, aunque peor es un coñac fundador por más que esté como nunca. Lo suyo, desde la perspectiva del consumidor pensante –especial para escritores–, es degustar el güisqui a la hora del aperitivo. Confieso darle al escocés cuando me pongo a juntar letras; bien para un artículo, bien para una novela. Ahora mismo tengo el “Cutty shark” con las velas desplegadas orientándome el folio. Mi hora de escribir va desde las doce del mediodía, la hora del ángelus, hasta las tres de la tarde, otrora cuando terminaba el parte. De idéntica costumbre era el inolvidable Dámaso Alonso que bebía “Haig” a morro, y escondía la botella bajo una mesa camilla con faldas y a lo loco. Lo pude comprobar durante una memorable entrevista (memorable por el verbo y su verso del académico) en su madrileña casa de El Viso; porque cada vez que su esposa se asomaba al cuarto de estar, donde nos encontrábamos, don Dámaso metía la botella tras las cortinillas como una bailarina avergonzada. Habíamos saboreado, boca a boca, ronda a ronda, el líquido elemento, uisce beata, del gaélico, agua de vida. En un plano distinto estaba Santiago Carrillo, en sus años de diputado en Cortes, después de los muchos días de guerra civil peleona. Bien, pues Carrillo degustaba el escocés a la hora del aperitivo y luego se lo llevaba a la mesa, donde comía; siempre en vaso bajo y con un leve espíritu de soda. Los parlamentarios, bien anticomunistas o pro comunistas, comentaban que era un borracho de tomo y lomo porque comía ayudándose del alcohol. Mentira: dejaba licuarse el escocés sobre el mantel para emprenderla con un buen rojo de La Rioja. Peor fue don Juan, el Conde Barcelona, quien, en su tramo final de la vida, en la Universidad de Pamplona, y según fuentes próximas al padre del Rey, le inyectaban ginebra en vena, a sabiendas de su adición al gin-tonic. Y mucho peor es Luis Gomis, quien, a sus 92 años, residente en la residencia de lujo donde está mi progenitora, sólo ansía el güisqui que le abastecemos los amigos, familiares y futuros deudos, aun con marcas de mata ratas. Es cuando el médico va y le dice: -¿Y usted no se da cuenta de que se está matando? A lo que él responde: -¿Y qué prisa tengo…?

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