Número.1896 - 31 de marzo - 06 de abril 2008

 

   LA RELATIVIDAD
Javier Puebla
Hidalgo en Lhardy
JAVIER PUEBLA
Es miércoles. Miro mi reloj, con un Tintín dibujado en la esfera, repetidas veces mientras avanza el metro. Voy a llegar tarde. Pero no; me cuesta llegar tarde. La puntualidad es una suerte de enfermedad instalada en mi naturaleza. La cita es a las dos y media en Lhardy, una comida de prensa para presentar Lo que el aire mueve, de Manuel Hidalgo , que se alzó con la primera, y excelentemente bien remumerada, edición del Premio de Logroño de Novela. Con un jurado de nombres prestigiosísimos que para mí lo hubiera querido yo: Jorge Edwards , Juan Manuel de Prada, Luis Alberto de Cuenca, Ignacio Martínez de Pisón y Ángela Vallvey. Conozco a Manuel Hidalgo hace veinte años larguísimos, a la sazón él dirigía Disidencias y yo era uno de los críticos y colaboradores habituales de aquel suplemento cultural brillante e irrepetible. Había vuelto a encontrarle alguna vez, cruces fugaces, una semana que vine desde Dakar para un seminario y me lo tropecé en un bar, en la puerta del palacete de Planeta con motivo de la fiesta anual del grupo... Llevábamos años sin hablar. Anoche me terminé su novela y me gustó. Hidalgo dialoga muy bien y eso es algo que un lector agradece. Cuando llego a Lhardy encuentro tal cantidad de rostros y manos amigas, Juan Manuel González, Joaquín Arnáiz, Horacio Quiroga Clérico, Paula Corroto, Miguel Ángel Matellanes ... que me cuesta localizar a Manuel Hidalgo; pero logro sentarme cerca de él en la mesa, haciendo gala de un cierto descaro pues me situó a la izquierda del padre, del editor Miguel Ángel Matellanes, y a su derecha está Hidalgo. Hacer fácil lo difícil, esa es la teoría de Higaldo a la que, como escritor, me adscribo. Línea clara, como se llama a esa forma de trabajar en el mundo del cómic. Hidalgo, como narrador, está en la línea que comenzó Galdós y llegó a su plenitud con Marsé, con nombres entre medio como el del Cela realista o hasta cierto punto también Delibes . La presentación es interesante, el autor sabe lo que ha hecho y también cómo explicárselo al nutrido grupo de periodistas que le escuchamos. La comida, como siempre en Lhardy, excelente. Pero el mejor momento de la reunión llega para mí cuando Matellanes se levanta y puedo entablar un breve pero suficiente mano a mano con Manuel Hidalgo. Me entero que tiene un hijo de diecinueve años y eso me hace comprender que le interese el mundo joven, adolescente, que insufla vida a Lo que el aire mueve. Recordamos cuando nos conocimos y hablamos de los amigos comunes, y como siempre sucede cuando los encuentros se demoran tantos años, hay buenas y malas noticias. Hablamos, y se lo agradezco porque es mi tema favorito, de la vida y su sentido o sinsentido: el paso del tiempo y con él la nueva perspectiva con la que analizamos las cosas. Pero también simplemente hablamos, que era lo que realmente me apetecía —charlar con él— desde que recibí la convocatoria de Algaida para acudir a Lhardy. Un placer el reencuentro. No sé si durante la conversación llegué a felicitarle por el premio y su novela, por si acaso lo hago —felicidades— ahora. Me siento, por ti, contento.

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