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Es
miércoles. Miro mi reloj, con un Tintín dibujado en la esfera, repetidas veces
mientras avanza el metro. Voy a llegar tarde. Pero no; me cuesta llegar tarde.
La puntualidad es una suerte de enfermedad instalada en mi naturaleza. La cita
es a las dos y media en Lhardy, una comida de prensa para presentar Lo que el
aire mueve, de Manuel Hidalgo , que se alzó con la primera, y excelentemente bien
remumerada, edición del Premio de Logroño de Novela. Con un jurado de nombres
prestigiosísimos que para mí lo hubiera querido yo: Jorge Edwards , Juan Manuel
de Prada, Luis Alberto de Cuenca, Ignacio Martínez de Pisón y Ángela Vallvey.
Conozco a Manuel Hidalgo hace veinte años larguísimos, a la sazón él dirigía Disidencias
y yo era uno de los críticos y colaboradores habituales de aquel suplemento cultural
brillante e irrepetible. Había vuelto a encontrarle alguna vez, cruces fugaces,
una semana que vine desde Dakar para un seminario y me lo tropecé en un bar, en
la puerta del palacete de Planeta con motivo de la fiesta anual del grupo... Llevábamos
años sin hablar. Anoche me terminé su novela y me gustó. Hidalgo dialoga muy bien
y eso es algo que un lector agradece. Cuando llego a Lhardy encuentro tal cantidad
de rostros y manos amigas, Juan Manuel González, Joaquín Arnáiz, Horacio Quiroga
Clérico, Paula Corroto, Miguel Ángel Matellanes ... que me cuesta localizar a
Manuel Hidalgo; pero logro sentarme cerca de él en la mesa, haciendo gala de un
cierto descaro pues me situó a la izquierda del padre, del editor Miguel Ángel
Matellanes, y a su derecha está Hidalgo. Hacer fácil lo difícil, esa es la teoría
de Higaldo a la que, como escritor, me adscribo. Línea clara, como se llama a
esa forma de trabajar en el mundo del cómic. Hidalgo, como narrador, está en la
línea que comenzó Galdós y llegó a su plenitud con Marsé, con nombres entre medio
como el del Cela realista o hasta cierto punto también Delibes . La presentación
es interesante, el autor sabe lo que ha hecho y también cómo explicárselo al nutrido
grupo de periodistas que le escuchamos. La comida, como siempre en Lhardy, excelente.
Pero el mejor momento de la reunión llega para mí cuando Matellanes se levanta
y puedo entablar un breve pero suficiente mano a mano con Manuel Hidalgo. Me entero
que tiene un hijo de diecinueve años y eso me hace comprender que le interese
el mundo joven, adolescente, que insufla vida a Lo que el aire mueve. Recordamos
cuando nos conocimos y hablamos de los amigos comunes, y como siempre sucede cuando
los encuentros se demoran tantos años, hay buenas y malas noticias. Hablamos,
y se lo agradezco porque es mi tema favorito, de la vida y su sentido o sinsentido:
el paso del tiempo y con él la nueva perspectiva con la que analizamos las cosas.
Pero también simplemente hablamos, que era lo que realmente me apetecía —charlar
con él— desde que recibí la convocatoria de Algaida para acudir a Lhardy. Un placer
el reencuentro. No sé si durante la conversación llegué a felicitarle por el premio
y su novela, por si acaso lo hago —felicidades— ahora. Me siento, por ti, contento.
www.javierpuebla.com
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