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No
suelo escribir sobre política. No me interesa. No me interesa el poder ni quienes
lo persiguen y ejercen, aunque aplaudo cuando alguien —como Gallardón según mi
humilde criterio— lo utiliza para bien. Y en realidad no voy a hablar de política,
sino de un hombre. Un hombre que se asoma al balcón o lo que sea de la calle Génova
la noche de las elecciones, la noche que descubre que jamás llegará a ser el número
uno, que después de tanto esfuerzo y trabajo y sueños y rozarlo con la punta de
los dedos, arañarlo con las uñas cortas e impecables, no lo conseguirá. El número
dos. ¿Pasan a la historia los números dos? Raras veces. Te conformas con ser el
número dos, piensas que detrás hay muchos, muchísimos más que delante. Te conformas
pero no estás del todo contento, satisfecho. Lo veo en su sonrisa extrañada, atónita,
cansada, una sonrisa que se le descuelga de la cara y se hunde en la barba imprecisa
que siempre —desde que le vemos quienes no le conocemos— ha protegido su rostro.
Es una sonrisa conmovedora, dura de mantener, tristísima en sus casi invisibles
extremos. Sonríe Rajoy; y sus votantes, los que han votado contra Zapatero y también
los que han votado por él, por Mariano Rajoy, por su líder y guía —imposible saber
cuántos conforman cada grupo—, ríen y cantan mientras agitan banderas y repiten
consignas que ya han perdido todo su valor; gritan y festejan aún borrachos del
esfuerzo realizado en el intento fallido, agarrándose al clavo ardiendo de que
su partido, o al menos el partido que en estas elecciones ellos hubiesen querido
que ganase, haya crecido en número de escaños. Y es al número dos, al que no será
nunca número uno, a quien le toca seguir presidiendo la fiesta; aunque ya no hay
fiesta, ya no hay futuro; o al menos no ese futuro anhelado, perseguido y luchado.
Habrá otro futuro, y humanamente quizá sea mejor; “nunca se sabe”, como cuenta
el famoso relato sufí en el que el infortunio da paso a la fortuna y viceversa
a cada giro del cuento. ¿Quién puede decirnos lo que estará haciendo Mariano Rajoy
dentro de cinco años? ¿Disfrutando de su familia, entrando en el mundo de los
negocios, escribiendo libros? No sé. No importa. Pero es evidente que habrá otro
futuro en la cruz de la moneda y quizá Rajoy en ese futuro sea mucho más feliz
como persona. Pero ese futuro ahora, en la ventana de Génova con la sonrisa grande
y desencajada, no existe. Ahora no existe. Empezará mañana, pasado, dentro de
un mes, un año o cinco, pero no ahora. Ahora sólo está la verdad amarga. Dos.
Fue el número dos de un gobierno que aguantó ocho años en el poder y no es, no
será, no podrá ser ya nunca el número uno: el presidente de su país. No me interesa
la política. Rajoy no despierta en mí ni simpatía ni antipatía. Pero el hombre
que veo a través de la televisión en el balcón de la calle Génova sí me interesa
y conmueve. La condición humana imprevisible, la lucha tantas veces inútil y otras
incluso dañina para nosotros mismos. La sonrisa, esa sonrisa que conozco perfectamente
porque yo también la he sentido y mantenido alguna vez, en mi propia cara.
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