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Creo
que en Semana Santa siempre pasa lo mismo: que llueve; o, por lo menos, que hace
mal tiempo. Los meteorólogos dicen una y otra vez, un año y otro, que hará menos
malo, bueno o mejor según sus instrumentos; y, muchas veces, cabrean a los políticos
del norte y a los empresarios que ven reducirse las reservas mientras luce un
sol de fantasía. Este año ha protestado Revilla. Miguel Ángel Revilla es un político
distinto. Dice lo que piensa con llaneza y naturalidad. No es Gil, porque no es
ni soez ni impertinente. Es que es, como si usted o yo ostentáramos una presidencia
autonómica y quisiéramos defenderla de las amenazas que la acechan. Por ejemplo,
de los meteorólogos; o para ser más precisos, de sus predicciones. Revilla se
hizo famoso en España cuando la boda del Príncipe de Asturias. En aquella boda
de postín él vivió una jornada de opereta. Confundía a los nobles de Europa y
se impactaba de la vulgaridad que se encierra tras las formas y el atrezo. Creo
recordar a un príncipe de vodevil, más que de postín u opereta, que terminó faltando
al enlace por haberlo festejado con antelación. Revilla estuvo para contarlo.
Y lo contó. La frugalidad de los platos, el jaleo de los tratamientos y, finalmente,
la angustia de la espera para encontrar plaza en el mingitorio. Allí, en los artilugios
instalados junto al Palacio Real para que los huéspedes de los fastos descargaran
sus necesidades, compartió tensa espera con el príncipe Harold y su “espada” y
con González que, ya acostumbrado, se desenvolvía con más naturalidad y acierto.
Y lo contó en Cantabria, la comunidad que preside; y mucho me temo, que para que
lo oyeran en todo el mundo. No era su intención ser universal. Estoy seguro. Es
el representante institucional de una comunidad pequeña. Famosa, tristemente,
por un presidente anterior del PP sin humanidad y con aficiones a la notoriedad
por llevar un fascista dentro que salía de paseo a la tercera copa. Revilla ha
protestado porque las predicciones sobre el tiempo en Cantabria tienden a perjudicar
el turismo. Pero su notoriedad para mí la ha conseguido de otra forma. Tras el
asesinato de Isaías Carrasco fue de los presidentes autonómicos que acudió a la
capilla ardiente instalada en el Ayuntamiento de Arrasate. No fue ni con las cámaras
ni con los periodistas. Fue a llorar con la familia. Y así lo pude ver cuando
horas antes del funeral deambulaba entre tristeza y lágrimas como si de un familiar
más se tratara. Me conmovió su sincera espontaneidad. Y cuando llegaron los focos,
lo perdí de vista. Me pareció un tío honrado en un momento difícil. Y me pareció
que ese gesto descubría una personalidad humanizada en un mundo de postín, opereta
o vodevil. La opereta de San Gil y el vodevil de Astarloa. Y el postín de la alcaldesa
fascista. Me cae bien porque es sincero entre sus pares. Y porque debe ser como
dice Machado, un hombre bueno. De sus acciones al frente de gobierno ya no respondo.
Del cariño a la familia socialista aquel día, sí doy fe. Y lo agradezco.