Número.1895 - 24 - 30 de marzo 2008

 

   LA VENTANA DISCRETA
SANTIAGO LÓPEZ CASTILLO
Los pecados capitales
Son siete. Como reza en los catecismos del padre Astete y Ripalda, que aún conservo en las dos versiones, que vienen a ser la misma cosa, con leve diferencia o matización en lo de trino en persona. En sus repetidas y amarillentas páginas (pátina de catequesis, donde te echaban cine y luego la monserga), los pecados capitales eran y son siete y se enumeran de la siguiente manera, no sin antes reafirmar mi fe cristiana y proclamar que fui alumno de los menesianos, frailes vasco-franceses: El primero es soberbia; y luego, de carrerilla, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y el séptimo, pereza. “¿Por qué llamáis pecados capitales a los siete que comúnmente se llaman mortales?” — se pregunta, reflexionando el autor del catecismo para, a renglón seguido, dar la respuesta: “Llámanse capitales porque son cabeza, como fuentes y raíces de otros vicios que de ellos nacen; y llamarse mortales no les cuadra tan bien, pues muchas veces no son más que veniales”. “¿Cuándo son mortales?” “Cuando son contra la caridad de Dios y del prójimo”. Bueno, pues el Vaticano o un preboste de la Santa Sede ha decidido ampliarlos y modernizarlos con la justicia social, el enriquecimiento desmedido y el cuidado de la Naturaleza. Éste, por añadidura, me parece de perlas en tanto en cuanto el hombre sigue siendo cainita, arboricida y maltratador de los animales, especialmente en España. Los anteriores citados se contemplan de una u otra manera en los mandamientos de Moisés, que son diez. Y en el que incurren sobremanera los actuales humanos en el séptimo, “no hurtarás”, donde deben estar los Albertos, candidatos a las calderas de Pedro Botero, pero absueltos, justicia suprema, o mismamente el Tribunal Constitucional que, con todo respeto, es un cachondeo y un hazmerreír. Y luego, el sexto y el noveno, “no fornicarás” —preferentemente a calzón quitado— y “no desearás la mujer de tu prójimo, que están a la orden del día, respectivamente. Lo de la justicia social, que suena a campanudo tanto desde la derecha como desde la izquierda, es de un fariseísmo que tira hacia atrás. De modo que viene bien, de vez en cuando, mojarse el dedo para repasar páginas sobre la moralidad y buenas costumbres, ya sean cristianas o profanas. Hoy, lamentablemente, vivimos a horcajadas entre el relativismo y haga usted lo que le plazca, o sea, más de lo mismo, resumido a cachondeo. De tal forma que la Semana Santa ha pasado de ser pasión a relajación, coitos interruptus, despelotes playeros, anunciados con corneta de pasos dobles y marcha de Melendi. Deberíamos imitar a Van Gogh cuando decía: “Si siento una terrible necesidad de religión, salgo de noche y pinto las estrellas”. En efecto, nos falta un punto de luz. Por lo menos.

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