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El fascinante mundo del espionaje no deja de sorprendernos. Ese libro atesora
capítulos que sospechábamos inéditos. El Vaticano, estado más pequeño e influyente
del globo, está en el corazón de Roma, la que fuera capital de Imperio. Ese poderío
lleva muchos siglos gracias, en parte, a servidores ocultos aunque muy efectivos.
Los agentes del Papa conforman una red, sigilosamente tejida, que los lleva al
lugar idóneo escogiendo el momento oportuno. Pocos les han seguido los pasos.
Una honrosa excepción se sitúa en el polifacético Eric Frattini, todoterreno de
palabras, archivos y contactos. Busca luces en el oscuro mundo del espionaje vaticano.
Investigando mafias, guerras, radicales islámicos y corrupciones como periodista
y corresponsal, compiló datos hasta publicar Santa Alianza (Espasa). Las crónicas
de la ‘agencia vaticana’ trasmutaron a Frattini como escritor, e historiador,
de fuste. El libro conmueve a su lector describiendo bambalinas y cloacas del
poder en el mundo. Más inquieta que, tras sórdidas operaciones, haya sotanas y
báculos. Ahora Eric Frattini humaniza y personaliza a la ‘vanguardia de la fe’
en Espías del Papa (Espasa). Radiografía la historia de ‘La Entidad’ (como ahora
se denomina la extinta ‘Santa Alianza’) a través de sus mejores agentes, autodidactas
en tareas de inteligencia, desde el siglo XVI hasta el XXI. Destaca en la obra
un prólogo, y dictamen, de Domenec Pastor Petit. El maestro de espiólogos no defrauda
al lector. Nos recuerda palabras que le trasmitió el fallecido cazanazis Simon
Wiesenthal en su cuartel vienés sobre La Entidad: “[es] la organización mejor
informada y más poderosa del mundo…” El escritor comienza por David Rizzio, a
quien suceden Lamberto Macchi, R. Ridolfi, N. Sanders, G. Guarnieri, P. Paluzzi,
A. Albani, T. Fieschi, J. Salamon, F. Capaccini, S. de Luca, U. Benigni, J. D’Herbigny,
G. Gessner, N. Estorzi y G. Leiber. Todos trabajaron para el trono de San Pedro
pululando en cortes, castillos, cenas y conspiraron. No estuvieron lejos de las
hogueras inquisidoras. Cuando languidece el siglo XX aparecen dos personajes incansables
en sus misiones. Carlo Jacobini hizo tándem con Pablo VI. Su alianza con el Mossad
israelí contrasta con el apoyo que los nazis encontraron en el Vaticano antes
y después de la II gran guerra mundial. ¿Son gajes del oficio? Posteriormente,
la —inesperada— elección de Juan Pablo II unió su destino al de Luigi Poggi, un
espía que metabolizó en su persona al KGB y CIA, alternando intereses. Los soviéticos
fueron perdedores de la pugna; el fuego, azuzado por el Vaticano, comenzó por
el sindicato polaco Solidaridad hasta derribar el muro de Berlín. Ahora Poggi
descansa cual guerrero de Dios; está jubilado. Pero el mundo está peor. ¿Frattini
aportará fórmulas para remediarlo en su próximo libro? Lo esperamos.
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