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Es
jueves y a las dos y media de la tarde hay una comida en Lhardy para presentar
los premios Fernando Quiñones de la editorial Alianza. Es jueves y a las siete
o siete y media estoy invitado —como espectador— a una mesa redonda sobre novela
negra en Blanquerna en la que interviene mi muy querido amigo Lorenzo Silva. Es
jueves y a las seis toca la junta anual de vecinos; había pensado ofrecerme como
presidente para solucionar algunos problemas. Es jueves y Fernando Sánchez-
Dragó me ha convocado para grabar en Telemadrid un programa sobre Azorín para
Las noches blancas. Jueves, jueves, jueves, jueves. Cuatro veces jueves. Llamo
a Raúl García para disculparme por no acudir a Lhardy (¡Con lo que a mí me gusta
comer en Lhardy y las ganas que tenía de conocer a Joaquín Pérez Azaústre, el
ganador de este año con La suite de Manolete). Telefoneo a Lorenzo Silva prometiendo
llamar si acabo pronto. Pido a mi mujer que acuda a la reunión de vecinos y a
mi padre que se quede con el niño durante el tiempo de la reunión. Y a las
cinco en punto estoy en la puerta de mi casa subiéndome al taxi que me llevará
a Telemadrid para grabar el programa de televisión. Hacía casi diez meses que
no iba por los estudios de la televisión autonómica y si hay algo con lo que disfruto
es haciendo televisión: tan fácil y entretenido si se compara con escribir (o
incluso con tomar copas; al menos para mí). Al llegar a Telemadrid una chica
encantadora, las chicas de producción suelen serlo, llamada María José me lleva
a la sala de espera por si quiero un café y unas pastitas antes de que me maquillen.
Conozco a todos los invitados, y a todos aprecio. Está Santiago, el Marqués de
Tamarón, mi amiga Julia Escobar, el queridísimo Luis Alberto de Cuenca y la erudita
más bella y entusiasta del mar pirata en el que navegan los libros: Alicia Mariño.
Y por supuesto Fernando Sánchez-Dragó. Es a él a quien más ilusión me hace ver.
Le debo mucho: fue la primera persona que me contrató para Disidencias cuando
tenía yo veintidós años y quien más me ha apoyado desde que dejé el ministerio
para intentar lo imposible: vivir de escribir. Sólo hay una persona a quien
no había visto nunca: un hombre pequeño, añoso, encantador y modesto hasta la
delicia. Es Santiago Riopérez y Milá, el mayor especialista en Azorín, el pretexto
por el que nos han convocado y reunido para grabar el programa de televisión. Y
es Santiago Riopérez, sabio, sereno y sencillo, quien dibuja la línea de flotación
del programa. Observo el respeto que los demás invitados, eruditos todos excepto
yo, le profesan. Y quedo fascinado por la seguridad y precisión con las que habla,
desgrana anécdotas divertidísimas y aprovecha nuestras sonrisas para ensartar
en las mismas información preciosa y valiosa para cualquiera; incluso para quien
no conozca a fondo a Azorín. Intervengo poco pero lo paso espléndidamente.
En el coche de vuelta recibo dos llamadas: en Blanquerna fenomenal y Lhardy siempre
Lhardy. El presidente de la comunidad continúa, ¡gracias, Dios mío! Me acuesto
feliz, pero ya no es jueves. Es viernes. Feliz día para todos.
www.javierpuebla.com
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