La apuesta por el pasado debe trocarse a la siguiente ocasión en otra que mire
de frente al futuro. Un debate es bastante más que una exposición de motivos.
Nada de acartonamientos ni monólogos en serie. Es barra libre, donde cada cual
tercia de lo que le interesa y los periodistas interpelan y no se limitan a ejercer
de cronometradores de las faenas de las dos figuras que se mueven en la plaza.
Pero es lo que tenemos. Así y todo se pudieron observar a grandes rasgos los perfiles
de la política que se ha hecho en el país en los últimos doce años, ocho del PP
y cuatro del PSOE. Los dos se atiborraron de demagogia, en mayor medida Mariano
Rajoy, candidato de los populares, puesto que insistió con tanta alegría en que
su oponente socialista es un mentiroso quien pasará a la historia por haber intentando
engañar a los españoles sobre la autoría de los atentados fundamentalistas del
11–M y propiciar una falaz teoría de la conspiración. Ante las cámaras tergiversó
datos sobre vivienda, policía y becas y se quedó tan tranquilo leyendo notas,
algo impropio de un líder. Al presidente Zapatero es preciso decirle que su ejecutivo
hizo poco o nada para frenar la espiral en la que entraron los precios, para mayor
ganancia de los que ejecutan el fraude, los intermediarios y las grandes cadenas
de alimentación. Más o menos, la impasividad de Aznar ante la llegada del euro,
cuando empezamos a pagar doble por lo simple. Es como si los dos rivales, además
del color de la mesa, chocolate blanco, y las luces hubieran pactado que era mejor
hablar de grandes datos macroeconómicos que de la economía familiar, la que soporta
salarios bajos e hipotecas que no dejan de crecer. Pésimo asunto el del terrorismo.
No se puede acusar a Zapatero de haber engañado a las víctimas, lo cual no es
cierto, si el PP alberga en sus entrañas un satélite, el de la Asociación de Víctimas
del Terrorismo (AVT) que, en vez de defenderlas, se ha dedicado en esta legislatura
a crispar a la gente en la calle contra un Gobierno que no era de su agrado y
había que arrojarlo a la arena con los leones. Entre la recriminación y la queja
fue avanzando el cara a cara. Los populares escondieron a los inmigrantes sin
papeles bajo las alfombras y propiciaron el primer efecto llamada al entregar
documentos sin ton ni son. Pues de ello mismo acusan a los socialistas, como de
haber negociado con ETA antes y después del atentado de la T-4 en el aeropuerto
madrileño de Barajas, como si ellos no hubieran actuado de forma idéntica y hasta
les enviaron cartas a los terroristas pidiéndoles una cita. No se puede ser tan
hipócrita. Tarde o temprano habrá que volver a sentarse con los desaprensivos
para que dejen de matar y extorsionar, y el que lo consiga habrá hecho un gran
favor a la estabilidad del país. Este populismo bipolar no favorece a nadie, ni
la falsedad hecha credo.