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REFLEXIONES DESDE EL SOBERADO | Manuel
Domínguez Moreno |
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Con democracia, ¿por qué la pobreza? |
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El
poeta persa Ferdousi , que con su Libro de los Reyes es a Irán lo que Dante a
Italia o Lutero a Alemania, fue un sabio cuando resumió en un solo verso el largo
poema en el cual encerró la historia de la humanidad, una vasta obra en la que
empleó veinte años, la mayor parte de su vida: “Los hombres nacen, sufren y mueren
puesto que debemos morir. ¿Por qué nacemos? Más aun, puesto que debemos morir,
¿por qué sufrir?”, y yo añado en la misma línea hermenéutica: ¿por qué ser corruptos?,
¿por qué desear el poder por encima de la ética, la dignidad y la conciencia?,
¿por qué fomentar la desigualdad y la injusticia social?, ¿por qué la violencia,
venga de donde venga?, ¿por qué la insolidaridad?, ¿por qué la ambición de los
hombres?… ¿Por qué la pobreza?, repito: ¿por qué el sufrimiento del pueblo? y
¿por qué no la paz, el amor y la libertad?… Toda ambición es peligrosa y, lo que
resulta más insoportable, la ambición en el terreno de lo moral, la desmedida
ambición inmoral por el poder. No se está en el mundo para perder el tiempo porque
cada instante en democracia y libertad es sagrado para el pueblo. La posibilidad
de disponer de la libertad para confiar su destino al “poder”. La responsabilidad
del hombre-pueblo de ser honesto en una doble vertiente: con él mismo y con el
pueblo. Decía Simone de Beauvoir que la sabiduría consiste en conceder a la desgracia
las menos ocasiones posibles. En bastante desgracia se sumerge el pueblo, cada
día que pasa más pobre y más marginado. El pueblo tiene tanto miedo a comprometer
su libertad que a veces la niega o la entrega por “nada”, la regala a cambio de
un eslogan, de promesas incumplidas, de vallas publicitarias o reiteradas por
repetidas negaciones de la evidencia. Idealismo y escepticismo no son sino argumentos
filosóficos, placebos del pensamiento que los hombres débiles o interesados usan
según sus propias necesidades, pero lo cierto es que los hombres utilizan su oportunidad
según entienden sus necesidades sin futuro. Pero esas reacciones, idealistas o
escépticas, a las que recurren a menudo, no deberían jamás comprometer hoy, frente
a una situación singular, su porvenir y el de su pueblo. El hombre-pueblo es el
único dueño de su destino, de su voluntad soberana, lógicamente siempre que quiera
serlo. La libertad del pueblo establece los fines que se le plantea para alcanzar
este destino y ningún poder, sea de la naturaleza que sea, eslogan, marketing,
intereses espurios, ni dictador publico o privado podrá destruir lo que la libertad
haya decidido o creado. La sabiduría popular reafirma bajo formas diversas este
postulado o pensamiento. Como consecuencia, si el hombre no gana su partida en
la vida, si no lucha por ganarla, si la tiene perdida de antemano en forma de
desigualdad, marginación o pobreza, debe aferrarse desesperadamente a la obligación
moral de luchar por el cambio, aunque esa lucha incesante moleste a su pereza,
perturbe su conformismo, arriesgando en ella incluso lo más sagrado, el bien más
preciado que posee: su propia vida. “El fin justifica los medios” dice el principio
maquiavélico y así lo asumen las dictaduras públicas y privadas como principio,
pero el medio no puede ser juzgado independientemente del fin, va íntimamente
unido a él de forma indisoluble y, si en la vida estamos para algo más que morir,
el fin de la pobreza y la desigualdad no puede ser otro que la lucha o la apuesta
del hombre-pueblo con el arma de la palabra y su libertad por la revolución de
las conciencias.
www.manueldominguezmoreno.net
betisalai@manueldominguezmoreno.net
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