Número.1891 - 25 de marzo - 02 de marzo 2008

 

   LA RELATIVIDAD
Javier Puebla
Mark Billingham
JAVIER PUEBLA
Está sentado a mi izquierda en el restaurante Casa Salvador del barrio de Chueca. Viene de la Semana Negra de Barcelona, donde junto a mi viejo colega Andy Oakes (Ojos de Dragón, recomendado), ha sido una de las estrellas de la Barcelona criminal y literaria. Está cansado. Ha pasado la mañana haciendo entrevistas, ayer estuvo en Sevilla comprobando si la ciudad real era igual o lo bastante parecida a la que él había imaginado, rediseñado, en su última novela. Habla un inglés claro, pausado. La intérprete, Begoña Fuente Larrazabal, está sentada a su izquierda pero casi todos los que estamos sentados a la mesa nos defendemos bastante bien en la lengua de Billingham, que está terminando su primera cerveza y pide una segunda al camarero, por lo que la conversación se desarrolla en inglés. A mi derecha está el editor español de Mark, Miguel Ángel Matellanes, y junto a él Fernando Castanedo, un crítico independiente. Dentro de un rato llegará un tipo muy interesante, Gregorio León, de Onda Regional de Murcia, y la intérprete tendrá que trabajar de nuevo. Billingham tiene dos libros publicados en nuestro país: Sueño profundo y Bajo tierra; ambos con Algaida. Son dos novelas de más de quinientas páginas, caja generosa y letra grande, que me llegaron a casa hace más de una semana y que no tuve ni tiempo ni voluntad para leer completas: sólo la clásica lectura “en diagonal” a la que nos vemos forzados con cierta frecuencia los que nos dedicamos a la literatura. En esa lectura en diagonal el autor inglés no me había parecido, a diferencia de mi admirado Andy Oakes, gran cosa; pero me basta con estar sentado un rato junto a él para comprender que me he equivocado, juzgado apresuradamente y sin fundamento. Es cierto que las novelas de Billingham están pensadas y escritas fundamentalmente para entretener, que su principal personaje, el inspector Tom Thorne no es una creación genial y única como pueda serlo Tom Ripley, de Patricia Highsmith, o Philip Marlowe, de Chandler; pero no hay nada malo en ello. Al común de los lectores no se les puede pedir que lean a Vila-Matas o Justo Navarro, por muy interesantes que resulten literariamente; el común de los lectores afronta largas y agotadoras jornadas de trabajo, y cuando van en el metro o en el autobús o en el tren o están tumbados en la cama o en el sofá lo que necesitan y desean es evasión, ficción sin mayores quebraderos de cabeza. Y eso es algo que Billingham, como Stephen King o Noah Gordon, hace estupenda y profesionalmente. Una novela al año, van siete, protagonizada por su inspector. Lectura fácil que ayuda a olvidar al jefe capullo o al empleado cretino o el peso de la hipoteca. La principal función de la literatura es esa: transportarnos a otros mundos, y Billingham, si no se comete la torpeza de leerlo en diagonal como hice yo antes de conocerle, lo consigue plenamente. Más deudor de la narrativa negra americana que de la novela policiaca inglesa, Billingham da al lector lo que ofrece: entretenimiento y evasión. Y por eso los lectores de todo el mundo compran sus libros y los disfrutan y leen.

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