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Es
lunes y el capitán Silva recoge al sargento Maioranos/Puebla en la Glorieta de
Atocha después de realizar con el coche una maniobra indigna de un ciudadano tan
respetuoso y respetable como él. Una hora después estamos en Talavera. Mientras
tanto hemos estado conversando sobre lo divino y lo humano; más sobre lo segundo,
claro, acerca de los dioses no sabemos tanto (aunque yo alguna vez me haya cruzado
con Paul Auster o Malena Gracia). No es la primera vez que acompaño a Silva a
un bolo, de hecho es costumbre que ya debe tener... ¿seis años? Los llamamos “encuentros
al cruce” y consisten en aprovechar viajes para vernos y charlar. Deben tener
un punto excéntrico o insólito porque mientras Lorenzo firma alguien me sugiere
que le acompañe al parking del Corte Inglés, donde hemos aparcado la nave, pues
se acerca la hora de cierre del gran almacén. Cuando le explico que, a pesar de
tener una nave parecida, al capitán Silva le gusta manejarla personalmente me
mira extrañado y no entiende que yo no sea el chófer, el escritor menos famoso
que hace méritos ante el ya consagrado guiando su nave a través del espacio manchego;
y esa incomprensión hace que se me dibuje una sonrisa en la cara. Esa incomprensión
y la magnífica, interesante, entretenida, galería de personajes que conozco en
Talavera mientras Silva trabaja (y ahí me siento un poco culpable, pero muy poco,
porque su trabajo consiste en hablar de su propia obra, y cualquier autor, en
el fondo de su corazón, iría de Madrid a Talavera andando —y bajo la lluvia— para
poder hablar de su propia obra a un público de alrededor de cien personas; las
suficientes para llenar un teatro). Entre quienes conozco ese lunes viajero destacar
a un chaval que responde por Paco (luego me entero que es el celebrado poeta Francisco
Castaño, once libros en Hiperión, nada menos; pero supongo que por eso es un gran
poeta —me lo subraya Luis Alberto de Cuenca cuando comemos juntos el viernes—
porque se sigue apuntando a un bombardeo con el que primero que pasa, como fue
mi caso, que insistí en que pasase por una puerta antes que yo en francés y él
me respondió en el mismo idioma y a partir de ahí..., bueno, parece que nos caímos
mutuamente simpáticos), y a una chica llamada Dori (que acude al show con marido
e hijo de 15 años; pero es tan encantadora que me gusta “hasta con marido”; él
también me gustó “hasta con mujer”). Cenamos — yo, como no conduzco, abuso un
poco del vino— regresamos a Madrid, y la conversación en el interior de la nave,
todo es oscuridad a nuestro alrededor, cambia respecto a la del viaje de ida.
No planeamos nada ni bueno ni malo, ni hablamos de nada que no pueda ser compartido;
sin embargo necesitaría de un libro entero para intentar reproducir el ambiente.
Y no diría la verdad, sino que sólo parecería que la digo; aunque en eso consiste
la literatura. Así que ni lo intento en tan breve espacio. Cierro los ojos, escucho
a los Rammstein —su Live Aus Berlin— y dejo que este texto se termine, como se
terminó el on the road sin Jim Moriarty pero con Lawrence Silva el lunes pasado.
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