Número.1878 - 26 nov. al 02 dic. 2007

 

   LA VENTANA DISCRETA
SANTIAGO LÓPEZ CASTILLO
La luna, el toro y el torero
Mis amigos animalistas me mandan un correo electrónico en el que cuentan que un torero se ha arrepentido de ser torero y confiesa haber asesinado a quinientos astados pero solicita indulgencia plenaria al Papa y no sé cuántos años más de gracia para él y para sus toros de muerte que estaban predestinados al patíbulo y con redoble de tambores. Los que estamos en contra de la mal llamada fiesta nacional tenemos la delicadeza de perdonar al ser matón y pendenciero, siempre y cuando desistan de sus sanguinarias intenciones y tomen la vereda del buen camino. En nuestra causa pacífica, no hay hueco para la venganza de Don Mendo, el va por ustedes que acoge a esos seres que pastan en la dehesa, hierba a hierba, siempre acunados para pasar por el cuchillo de la muerte. Alfonso González, apodado Chiquilín, mató a ese medio millar de morlacos de una estocada, de media, de cien bajonazos, de cientos de descabellos, de espada trasera o sin puntilla. A este torero, con el paso del tiempo, cortada, al parecer, la coleta, se le ha ablandado el corazón luego de una vida a degüello con franela y acero de Toledo. Bien está si así se acaba: rechazar el maltrato animal y fomentar el pasto natural sin la amenaza del matadero. Desde mi casa madrileña de la sierra, contemplo, junto a mi inseparable golden Niebla, vacas que llegan, pastan por la montaña y después son encajonadas para ser conducidas al matadero. Alfonso González, Chiquilín, confiesa haber visto llorar a los toros. Ese momento que los taurinos definen como la suerte suprema y va por ustedes y otras majaderías. “Los toros —dice— te miran y tienen cara de buena gente”. —¿Hoy sería capaz de matar un toro? —le preguntan, no se especifica si el confesor. —No. Tengo piedad de ellos. Una vez me dio cosa matar a un toro. El animalito era muy bueno. Me tenía en el suelo. Fijó sus ojos en mí y no me dio la cornada. (El entrevistador o cura párroco no le repregunta si “lo pasaportó” en el lenguaje estupidario taurino. Seguramente, sí. Porque cualquier coso, hasta el más pequeño, reclama sangre, sangre de arena, y hasta hay vinos etiquetados como “sangre de toro”). —A la vejez, se me ha partido el corazón —añade el diestro arrepentido. Desde hace ocho años tengo una perra que también me ha impulsado el amor por los animales. El otro día —prosigue— entró un grillo en mi casa. No lo maté, como hubiera hecho anteriormente, sino que le puse una hoja de lechuga. Y comió… Más vale tarde que nunca, que dice el refranero. A Chiquilín le ha debido de iluminar la luna de pergamino. Chiquilín, deduzco, ha cerrado plaza.

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