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LA
VENTANA DISCRETA | SANTIAGO
LÓPEZ CASTILLO |
| La
luna, el toro y el torero |
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Mis amigos animalistas me mandan un correo electrónico en el que cuentan que un
torero se ha arrepentido de ser torero y confiesa haber asesinado a quinientos
astados pero solicita indulgencia plenaria al Papa y no sé cuántos años más de
gracia para él y para sus toros de muerte que estaban predestinados al patíbulo
y con redoble de tambores. Los que estamos en contra de la mal llamada fiesta
nacional tenemos la delicadeza de perdonar al ser matón y pendenciero, siempre
y cuando desistan de sus sanguinarias intenciones y tomen la vereda del buen camino.
En nuestra causa pacífica, no hay hueco para la venganza de Don Mendo, el va por
ustedes que acoge a esos seres que pastan en la dehesa, hierba a hierba, siempre
acunados para pasar por el cuchillo de la muerte. Alfonso González, apodado Chiquilín,
mató a ese medio millar de morlacos de una estocada, de media, de cien bajonazos,
de cientos de descabellos, de espada trasera o sin puntilla. A este torero, con
el paso del tiempo, cortada, al parecer, la coleta, se le ha ablandado el corazón
luego de una vida a degüello con franela y acero de Toledo. Bien está si así se
acaba: rechazar el maltrato animal y fomentar el pasto natural sin la amenaza
del matadero. Desde mi casa madrileña de la sierra, contemplo, junto a mi inseparable
golden Niebla, vacas que llegan, pastan por la montaña y después son encajonadas
para ser conducidas al matadero. Alfonso González, Chiquilín, confiesa haber visto
llorar a los toros. Ese momento que los taurinos definen como la suerte suprema
y va por ustedes y otras majaderías. “Los toros —dice— te miran y tienen cara
de buena gente”. —¿Hoy sería capaz de matar un toro? —le preguntan, no se especifica
si el confesor. —No. Tengo piedad de ellos. Una vez me dio cosa matar a un toro.
El animalito era muy bueno. Me tenía en el suelo. Fijó sus ojos en mí y no me
dio la cornada. (El entrevistador o cura párroco no le repregunta si “lo pasaportó”
en el lenguaje estupidario taurino. Seguramente, sí. Porque cualquier coso, hasta
el más pequeño, reclama sangre, sangre de arena, y hasta hay vinos etiquetados
como “sangre de toro”). —A la vejez, se me ha partido el corazón —añade el diestro
arrepentido. Desde hace ocho años tengo una perra que también me ha impulsado
el amor por los animales. El otro día —prosigue— entró un grillo en mi casa. No
lo maté, como hubiera hecho anteriormente, sino que le puse una hoja de lechuga.
Y comió… Más vale tarde que nunca, que dice el refranero. A Chiquilín le ha debido
de iluminar la luna de pergamino. Chiquilín, deduzco, ha cerrado plaza.
slopezcastillo@eresmas.com
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