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El
verano está prácticamente agotado, y la alegre canícula comienza a despedirse,
aunque para un novelista es imposible no pensar, especular, que se acabará. La
fiesta y el descanso obligado tocan a su fin. Aunque aún es posible e incluso
altamente recomendable coger el coche o el tren o el autobús o el un dos un dos
si vivimos junto a la cosa y plantarse en cualquiera de las muchas playas maravillosas
que nos ofrece el litoral interminable de la piel de toro española y encontrar
sobre la suave y dorada o dura y negra arena toallas extendidas ocupadas por gente
no especialmente estética pero a veces hermosa —incluso en las llamadas playas
familiares— y en cualquier caso siempre ociosa. Aún se puede y debe disfrutar
del momento, caminar sin prisa siguiendo la orilla del mar o serpenteando a través
de los senderos umbríos de las montañas que han respetado la especulación imparable
y el fuego. Sin prisa, pero ya con nostalgia, porque incluso —y pienso en mi amada
Murcia— donde el tiempo permite zambullirse en las aguas del Mediterráneo casi
todos los días del año, el verano siempre parece corto, jamás descansamos cuanto
habíamos imaginado descansar, leemos los libros que habíamos pensado leer o nos
ligamos a las chicas de porte antigravitatorio que habíamos soñado seducir. El
verano, como los días festivos, debido a su carácter de excepción, de ruptura
de la norma que es el trabajo y el ganarse el pan con el sudor de la frente o
el cerebro, siempre parece que se nos escapa —como el agua— de entre los dedos.
Ya en agosto, incluso en julio si ha sido ese el mes elegido para las vacaciones,
se comienza a pensar, temerosamente, en septiembre, en el fin del verano oficial
que, mal que nos pese, es el de la mayoría. Esa nostalgia previa que siempre marca
el final de nuestra breve fuga del devenir cotidiano, de esos días en los que
la realidad juega a detenerse, se finge amable y la principal ocupación es no
estar ocupado. Personalmente, y desde que dejé la comodidad del ministerio para
vivir o intentar vivir de la escritura, no hago distingos entre verano e invierno,
días laborables o festivos: todos son ambas cosas a un tiempo cuando se vive de
hacer lo que se desea y ama. Pero al mirar al prójimo, empatizar con él, no puedo
evitar sentirme contagiado de esa morriña, esa sensación agridulce de temporalidad
impuesta y nostalgia anticipada. Y por ello me esfuerzo, cada vez que me encuentro
con un amigo o amiga en mayor o menor estado de ennegrecimiento, debido al sol
o al simple aburrimiento, me esfuerzo en cantar las loas del tiempo que —aseguro—
es en realidad el más feliz y auténtico. Ese en que todos curran, curramos, son
básicamente dichosos sin ser conscientes ni saberlo y sobre todo pueden soñar
con el próximo verano como si fuera el paraíso. Ay, mis generosos lectores, me
parece que no es empatía ni generosidad, que soy yo y sólo yo quien añora que
vuelvan a desenvainarse las espaldas y despertar los ordenadores, que soy yo y
sólo yo quien está enfermo de nostalgia, deseando que regresen ya el frío y el
invierno.
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