Número.1867 - 17 septiembre 2007

 

   REFLEXIONES DESDE EL SOBERADO
Manuel Domínguez Moreno
La vanidad y la gloria de la verdad
MANUEL DOMÍNGUEZ MORENO
Cuando uno alcanza la madurez y llega a una edad provecta, las cosas se ven de otra manera, sin prisas; la intransigencia cede terreno ante la tolerancia; la pasión se reviste de sutileza, el amor de matices y la amistad se pondera y se cuida como un tesoro. En resumidas cuentas, la conciencia alcanza su plenitud al tiempo que el alma se serena. Y me refiero a la conciencia en el sentido en el que lo hacía Cicerón, como testimonio de vida y como experiencia de lo vivido, un recurso que vale más para formar la propia opinión que todos los discursos de los hombres. Cuando con el pasar de los años pensamos en la muerte, no sólo como el fin inevitable de la vida sino como el colofón de un proyecto ético, como la cumbre moral que coronamos con grandes esfuerzos, dejándonos jirones de vida en el camino, los puntos de referencia cambian y lo importante, todo aquello que merece la pena, son esas cuestiones que nos llevan a estar bien con nosotros mismos. La felicidad es simplemente eso: estar bien con uno mismo, poder mirarse al espejo sin reproches, con la conciencia tranquila. A quien sólo le queda un minuto de vida ya no tiene nada que disimular. Tengo un amigo que ha acudido recientemente a una comida en la que en el precio del cubierto iban incluido los honorarios de un conferenciante de lujo, el ex presidente del Gobierno Felipe González, socialista de sentimiento, emprendedor por convicción y exégeta de la globalización. A mi amigo el corazón le había jugado una mala pasada, lo que le había supuesto un notable sobresalto y un cambio radical lo cotidiano. La vida, para él, ya tenía otro sentido. A los postres, el gurú de las nuevas tecnologías, amigo, compañero y guía de los poderosos de este mundo, echó mano de toda su capacidad de seducción y embrujó al auditorio explicando cómo es la vida a los sesenta, cuando lo importante es pasear por la playa conversando o construir castillos de arena con los nietos, atender las aficiones tantas veces postergadas y regalar sonrisas a los extraños. Me acordé de Quevedo, para quien la hipocresía, siendo un pecado en lo moral, es una gran virtud política. Este hombre pagado de sí mismo, de cabellos canos y sonrisa amable, con ojos de diablillo burlón, que parece incapaz de divinizar el dinero y el poder, está henchido de vanidad y por lo tanto, como apunta Nietzsche, no puede aspirar a la gloria de la verdad: “No te hinches —dice el filósofo alemán—, ten en cuenta que, al que se hincha, si alguien lo pincha lo revienta”. Este hombre, que pudo cambiar el mundo que le rodeaba y transformar la sociedad, ganando terreno para la libertad y la justicia, no es más que un ‘ilusionista’ que se toma más trabajo para parecer un hombre de bien que esfuerzos necesitaría para serlo. Más que engañar a los demás, se miente a sí mismo. Intenta mantener la máscara que sólo a él puede confundir y obra contra la naturaleza al faltar a sabiendas a la verdad. Persiste en el error incluso después de advertirlo. Se desenvuelve como Eróstrato, el incendiario jónico que destruyó en Éfeso el templo de Artemisa, considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, con el único fin de lograr la fama a cualquier precio. El rey Artajerjes prohibió bajo pena de muerte que su nombre pasara a generaciones futuras, lo que evidentemente no consiguió. Nuestro ilustre y maduro orador ha olvidado la lógica aristotélica: no se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto.

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