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REFLEXIONES DESDE EL SOBERADO | Manuel
Domínguez Moreno |
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La vanidad y la gloria de la verdad |
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Cuando
uno alcanza la madurez y llega a una edad provecta, las cosas se ven de otra manera,
sin prisas; la intransigencia cede terreno ante la tolerancia; la pasión se reviste
de sutileza, el amor de matices y la amistad se pondera y se cuida como un tesoro.
En resumidas cuentas, la conciencia alcanza su plenitud al tiempo que el alma
se serena. Y me refiero a la conciencia en el sentido en el que lo hacía Cicerón,
como testimonio de vida y como experiencia de lo vivido, un recurso que vale más
para formar la propia opinión que todos los discursos de los hombres. Cuando con
el pasar de los años pensamos en la muerte, no sólo como el fin inevitable de
la vida sino como el colofón de un proyecto ético, como la cumbre moral que coronamos
con grandes esfuerzos, dejándonos jirones de vida en el camino, los puntos de
referencia cambian y lo importante, todo aquello que merece la pena, son esas
cuestiones que nos llevan a estar bien con nosotros mismos. La felicidad es simplemente
eso: estar bien con uno mismo, poder mirarse al espejo sin reproches, con la conciencia
tranquila. A quien sólo le queda un minuto de vida ya no tiene nada que disimular.
Tengo un amigo que ha acudido recientemente a una comida en la que en el precio
del cubierto iban incluido los honorarios de un conferenciante de lujo, el ex
presidente del Gobierno Felipe González, socialista de sentimiento, emprendedor
por convicción y exégeta de la globalización. A mi amigo el corazón le había jugado
una mala pasada, lo que le había supuesto un notable sobresalto y un cambio radical
lo cotidiano. La vida, para él, ya tenía otro sentido. A los postres, el gurú
de las nuevas tecnologías, amigo, compañero y guía de los poderosos de este mundo,
echó mano de toda su capacidad de seducción y embrujó al auditorio explicando
cómo es la vida a los sesenta, cuando lo importante es pasear por la playa conversando
o construir castillos de arena con los nietos, atender las aficiones tantas veces
postergadas y regalar sonrisas a los extraños. Me acordé de Quevedo, para quien
la hipocresía, siendo un pecado en lo moral, es una gran virtud política. Este
hombre pagado de sí mismo, de cabellos canos y sonrisa amable, con ojos de diablillo
burlón, que parece incapaz de divinizar el dinero y el poder, está henchido de
vanidad y por lo tanto, como apunta Nietzsche, no puede aspirar a la gloria de
la verdad: “No te hinches —dice el filósofo alemán—, ten en cuenta que, al que
se hincha, si alguien lo pincha lo revienta”. Este hombre, que pudo cambiar el
mundo que le rodeaba y transformar la sociedad, ganando terreno para la libertad
y la justicia, no es más que un ‘ilusionista’ que se toma más trabajo para parecer
un hombre de bien que esfuerzos necesitaría para serlo. Más que engañar a los
demás, se miente a sí mismo. Intenta mantener la máscara que sólo a él puede confundir
y obra contra la naturaleza al faltar a sabiendas a la verdad. Persiste en el
error incluso después de advertirlo. Se desenvuelve como Eróstrato, el incendiario
jónico que destruyó en Éfeso el templo de Artemisa, considerado una de las siete
maravillas del mundo antiguo, con el único fin de lograr la fama a cualquier precio.
El rey Artajerjes prohibió bajo pena de muerte que su nombre pasara a generaciones
futuras, lo que evidentemente no consiguió. Nuestro ilustre y maduro orador ha
olvidado la lógica aristotélica: no se puede ser y no ser algo al mismo tiempo
y bajo el mismo aspecto.
www.manueldominguezmoreno.net
betisalai@manueldominguezmoreno.net
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