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LA
VENTANA DISCRETA | SANTIAGO
LÓPEZ CASTILLO |
| Regàs
y no volverás |
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Siempre tuve inclinaciones catalanistas, dicha sea la verdad, incluidas las sexuales,
porque en la Costa Brava, en tiempos de la oprobiosa, se podía follar a calzón
quitado, cosa que no ocurría en el resto de España (que no del Estado como se
dice ahora para no denominar a la nación por su nombre, esos que se enjuagan la
boca con el agua profiláctica del independentismo). Fui pionero madrileño, con
honra, en aquellas benditas tierras de los años setenta, el litoral más bello
del Mediterráneo que cantaron espléndidamente Pla y Bartolomé Soler, refocilándose
en el gusto, después, Joan Manuel Serrat, golpe a golpe, verso a verso. Me llegó,
felizmente, el cese de Rosa Regàs como directora de la Biblioteca Nacional, la
más iletrada y sectaria de cuantos ocuparon su cargo y que los hubo nefastos,
pero no dando patas en los cojones de Menéndez Pelayo, por ejemplo, que los tiene
pétreos a la entrada del histórico edificio de Castellana-Recoletos, casi por
frente del Gijón donde Umbral se nos fue por un ventanal fumándose ninfas olorosas
en pétalos de amor. Mi aversión, y prosigo, contra la Regàs hizo que, viviendo
a las afueras de Madrid, dónde mejor, me borrara de Circulo de Lectores, aquel
cartero de libros que llamaba más de dos veces a la puerta durante la pubertad.
Bien, pues, como refiero, el año pasado cancelé mi contrato con la editorial porque
en la portada de la revista que incluye novedades, reclamos y solicitudes diversas,
aparecía la señora Regàs arropada por una troupe de chavales como diciendo dejad
que los niños se acerquen a mí. Me dije: si éste/ésta (del leguaje sexista) es
el exponente de la literatura nacional, en una Biblioteca Nacional carcomida,
robada a dentelladas de página, los que, modestamente, también escribimos libros
somos gilipollas o tontos del culo e incluso invertebrados por no llevar un carné
político entre los dientes. Bueno, pues que venga Dios y lo vea. Y llegó el nuevo
ministro. Viví, con gusto, aunque de refilón, la gauche divine catalana. No fui
a la cárcel como otros se atribuyen en redomadas mentiras para enaltecer su pátina
democrática. Visitaba los cafés barceloneses de la calle Tusquets donde todo era
muy bonito en el alma y mucho más con un güisqui en el cuerpo. Sentí el dolor
y el desprecio cuando un farsante editor llamado Sebastián Auger me dijo que me
presentara al Premio Mundo —que por aquel entonces gozaba de cierto predicamento
progre— porque no podía haber otro ganador que yo. A los postres de la cena en
el Ritz el jurado se inclinó, cosas, por un catalán, no recuerdo el nombre, quedando
finalista el “madrileño” (sic) que firma aquí. El farsante, que, con el tiempo,
sería prófugo de la Justicia, se quiso disculpar invitándonos a mi acompañante
femenina y a un servidor a “Bocaccio”. Cosa que, naturalmente, declinamos manifestándole
que aún nos quedaban pelas para tomarnos montón de copas. Era cuando la progresía
todo lo veía al rojo vivo en divanes carmesí y con el pedo irisado por las lámparas
de vidrio catedralicio. Debió ser cuando brindé, sin darme cuenta, por la más
arisca de las bibliotecarias y con los dedos manchados de tinta. PD. Ruego se
abstenga el lector de ERC de insultarme en catalán o en arameo porque le tendré
idéntica consideración ante su falta de respeto: ninguna.
slopezcastillo@eresmas.com
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