Número.1866 - 10 septiembre 2007

 

   REFLEXIONES DESDE EL SOBERADO
Manuel Domínguez Moreno
Más allá de la duda razonable
MANUEL DOMÍNGUEZ MORENO
Ahora va a resultar que el problema de Rosa Díez con su partido, al que se afilió hace tres décadas, no arranca del golpe de timón dado por los socialistas vascos cuando, democráticamente y por una aplastante mayoría, decidieron sacudirse el yugo del PP y darle la espalda a una derecha montaraz y crispadora que vampirizaba a la izquierda en el País Vasco con el discurso demagógico del terrorismo y el miedo, utilizados como arma arrojadiza en la confrontación electoral. Al PSEEE le fue muy bien con los vasquistas como se ha podido comprobar en las urnas, mucho mejor que con Nicolás Redondo Terreros y sus amigos. A la hora del portazo, buscando los puestos de salida en una lista en la que sólo está ella de momento como representante de la política y en la que Fernando Savater pone la ideología, Rosa nos descubre que tiene muchos amigos en el PSOE, incluidos los socialistas vasquistas, a los que reclama respeto como si el respeto pudiera exigirlo alguien que no ha sabido ganárselo y que insulta a compañeros que se han jugado la vida por la paz y que nunca le han faltado. Pues bien, Rosa no se marcha de su partido, en el que ha aspirado a todo y en el que no pudo ser secretaria general y se estrelló como candidata a lehendakari, por los socialistas vascos, como era de esperar, sino porque el PSOE en el que ya sólo figuraba a título nominal como militante — hace tiempo que sus devaneos la llevaron a la otra orilla— no cumple su programa electoral, que es lo mismo que decir que Zapatero falta a su palabra y engaña a los ciudadanos. Sigo siendo socialista pero no puedo defender mis ideas en el PSOE, ha dicho la dimisionaria eurodiputada que, por cierto, hacía un año que no aparecía por el Grupo Socialista en el Parlamento Europeo, un año sin presentar una enmienda, un informe o participar en una comisión, ella que dice que renuncia al escaño y devuelve el acta por respeto a los electores. Mucho ha tardado en respetarlos quien ahora exige consideración, comprensión y palmaditas en la espalda. No me extrañaría nada que Rosa, como otras destacadas figuras de su ya ex partido que ven los toros desde la barrera, cuando en otro tiempo pisaron la arena, es una socialista “de sentimiento no de ideología”, como el ex presidente del Gobierno, y estaba en el PSOE porque levantaba pasiones no porque contribuyese a la transformación de la sociedad. Con todo, lo más triste en el adiós es que Rosa llama traidores a los que, sin pensar en ellos mismos, generosamente, arriesgando la vida y la hacienda, lo han dado todo para que ella pueda concurrir a las elecciones y si no puede hacerlo todavía en paz será porque, entre otras razones, gente como ella se empeñó en zancadillear la oportunidad cierta de acabar con el terror, escribiéndole a Zapatero cartas tan injustas como aquélla en la que no iban a permitir “que se construya un escenario en el que nuestros propios compañeros traicionen lo más sagrado. No nos han matado para esto. No nos vamos a callar”. En estos momentos, cuando ETA ha vuelto a recuperar su auténtico rostro y el país vuelve a estar sumido en el miedo y la zozobra, Rosa vuelve a estar en su sitio y ahora, cuando cargue contra el PSOE, estará precisamente expresando una opinión en lugar de una consigna, como ocurría hasta ayer mismo, por mucho que ella se empeñe en decir lo contrario. Le deseo suerte, cómo no, aunque me gustaría saber quién va a financiar esta aventura política y qué medios van a respaldar a quien a la contra siempre fue una figura mediática del socialismo pasional.

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