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Indudablemente
es una forma de venganza sencilla y sin riesgos. Alguien te hace una faena o te
pone en tu sitio o se liga al chico o la chica que a ti te gustaría seducir y
para fastidiarle basta con coger una llave y hacerle unas cuantas rayas en la
carrocería del coche. A mí me ha sucedido más de una vez. En mi barrio un tipo
al que dejé sin novia me rompió los dos faros delanteros de un viejo R14. Y hace
unos meses en El Escorial un vecino cariñoso se puso a saltar sobre el capó de
mi añoso doscientos cinco, alias ‘El Tomatito’, rompió un retrovisor e hizo un
bonito agujero en el plástico de todos y cada uno de los faros del auto. Al principio,
claro, pensé en matarle. Y se me ocurrieron variadas e imaginativas fórmulas que
no voy a reproducir aquí porque en una novela o relato de humor negro funcionarían
de maravilla, pero en una columna… En una columna es mejor contar, contar un cuento,
en concreto —y si les parece— el cuento del perro: Erase una vez un hombre que
rompió el coche de su vecino, entonces éste —para vengarse— se compró un perro.
No un perro asesino o peligroso. Un simple perro. Perrito más bien. Y le puso
el nombre de su vecino. Jacinto. Un nombre tan bueno como cualquier otro para
un perro. Gritaba Jacinto y el perrito aparecía corriendo y meneando la cola.
Llamaba Jacinto cabrón, hijo de la gran puta, basura pestilente, chupa pitos de
viejo, cagada con patas…. y el perrito aparecía corriendo y meneando la cola.
Jacinto, maricón, coge esta pelota y tráemela. Y Jacinto, perro fiel, volvía con
ella feliz y la depositaba llena de babas a los pies de su dueño. Jacinto, braga
sucia, tírate a la piscina. Pero ahí Jacinto no obedecía. Ni Jacinto el perro
ni Jacinto el vecino, que cada día miraba con más odio e inquina al propietario
del animal. ¿A quién se le ocurre poner nombre de persona a un perro? Sólo a un
tarado podría darle por ahí. Pero el tarado, que ya había reparado su cochecito,
disfrutaba enormemente con el cabreo perpetuo de su vecino Jacinto y no paraba
de llamar al perro Jacinto con los insultos más rebuscados que imaginarse puedan;
eso sí, siempre con un tono de voz tan dulce que al perro se le dibujaba una sonrisa
en el hocico al escucharle. Hasta que sucedió que el hombre capaz de pincharle
los neumáticos a cualquier vecino por una afrenta real o imaginaria se cansó de
la continua vejación, pues aunque había dejado de bajar al jardín era imposible
no escuchar las voces del tarado —hombre de pulmones poderosos— llamando a su
perro ridículo. Y decidió atropellarlo. Un chirrido de frenos. Un golpe sordo.
Gritos. Muchos gritos. Jacinto había muerto. Jacinto el vecino. Su automóvil derrapó
mientras intentaba aplastar al perro. Y desde aquel día el amo del animal dejó
de anteponer al nombre del bicho epítetos como braga sucia, hijo de la gran puta,
basura pestilente. Lo cual no alteró —ni para bien ni para mal— en lo más mínimo
la vida, larga y generalmente dichosa, del buen perro. En suma, querido lector,
ya sabe: si algún vecino cabrón le raya o rompe el coche…, cómprese un perro.
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