 |
La Segunda Guerra Mundial regaló al mundo un ‘nunca más’. Aquel sentir afloró
al obligar a jóvenes norteamericanos a guerrear en Vietnam. La bahía de San Francisco
fue un clamor a mediados de los sesenta. En Berkeley se cantaba, se prendían flores,
pelos al viento… se hacía el amor, no la guerra. También se fumaba hierba, no
se pisaba. Nació una revolución diferente. A Europa la cosa llegó por los escenarios.
Beatles, Rolling. El París del 68, pidiendo lo imposible siendo realista, tambaleó
la vieja Europa. Los acontecimientos crearon la cultura hippie. Dejó comunas en
Ibiza, Christiannia, riviera gala e italiana, islas griegas. El tiempo pasó. El
neoliberalismo fagocitó el fenómeno. Ahora nos preguntamos: ¿Es un icono que amarillea?
El espíritu hippie, comunitario, libertario y naturalista renació en protestas
de los setenta y ochenta contra las nucleares: no, gracias; esa fue la respuesta
de los jóvenes. La historia resucitó entonces. La doble vivificación del hippie
creó personajes que hacen gala de haber sentido el fenómeno en primera persona.
Ahora, les cuentan batallitas a hijos y nietos, que las oyen con asombro. La hispanización
de los hippies es heavy metal puro. Precisa metabolizarse. Mezcla antifranquismo,
Bakunin, caraduras y promiscuidad del paroxismo. El cóctel es de difícil digestión.
Hay personajes que fueron hippies por conveniencia; ahora dicen serlo por originalidad
y rebeldía a lo establecido. Valgan unos ejemplos. Una pareja de exiliados en
Londres durante el tardofranquismo aterriza en París, en pleno Mayo francés. Levantan
barricadas y sueñan que otro futuro es posible. Él se hizo funcionario y ella
codiciosa, al regresar a Barcelona. El divorcio fue barriobajero y materialista.
Ahora él es un estafador de cuello blanco; ella okupa un caserón familiar que
le quitó a sus hermanos para alojar inmigrantes ilegales a precio de platino ¡Viva
la revolución! Un notario, antiguo corredor de Comercio, se cree fedatario de
la verdad única. Compite con Cristo, Buda, y Mahoma. Denuncia fraudes en ciertos
sitios para tapar los propios. Se ufana de haber estado en París y haber vivido
en Ibiza en el 68. Incluso pasea fotos de su época melenuda. Ahora, sus íntimos
admiten que no almuerza o cena sin un foie-gras, langosta, reservas de Borgoña,
ostras. Es un gourmet: ¡Por los buenos tiempos! Un ejecutivo bancario estuvo encarcelado
por comunista estrenando mayoría de edad. Lo amnistiaron, pero oculta ese pasado.
La vena antisistema fluye sólo para ser original en francachelas. Ahora se comporta
justo al contrario que cuando purgó entre rejas. Maltrata a empleados, esposa,
hijos; codicia lo inalcanzable. Su ego exige terapia y hasta intenta compatibilizar
el pasado con un futuro que no se aleja de su ombligo. Un inspector de Hacienda
que hizo fortuna en Guinea asesorando a Obiang adquirió una granja, que llamó
‘Arcadia’, en la sierra onubense. Allí situó sus coherencias oníricas. Su ideal
autogestionario le privó de la familia. La esposa se hartó de cuidar gallinas,
ordeñar vacas e inviernos glaciales. Sus hijos ahora viven en un Mc Donald, cual
voraces tragones del capitalismo. El ex hippie regresó al fisco. Se arrepintió
de la excedencia. Sueña un mundo diferente: persigue a defraudadores…. Cuando
era feliz y joven gastaba ricitos, oía música psicodélica y flotaba soñando una
revolución que ella disfrutaba antes. El tiempo la desengañó. Se enfrentó con
todo lo que se mueve y perdió batallas. Sus obsesiones las convirtió en dogmas,
que nadie aceptaba. Su guerra contra el mundo la hace engreída, prepotente, miserable
y paradójica. Es la única que no se da cuenta de tanto dislate. Todo lo trufa
creyendo que algún día fue hippie. Soñó un mundo mejor, pero que lo construyan
otros. Con aquellos hippies no llegamos a ninguna parte. Mejor olvidarlos.
andaluciaviva@activanet.es |