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Demasiados
coches. Avanzar un metro una proeza. Aparcar un imposible.
Son las diez de la noche. Sábado. Mañana Nochebuena.
No tendrías que haber quedado en el centro para cenar.
En todos los parkings cuelga el cartel de completo.
En la puerta del teatro de la Zarzuela un trozo de acera
libre. ¿Y si lo dejases ahí? Detestas hacerlo. Estacionar
mal. Tu Corvette es una máquina delicada. Casi una pieza
de colección. Tampoco hay opción. Volver a casa es impensable.
Ya llegas con un cuarto de hora de retraso. Dejas de
dudar. Aparcas. En el Pasta Nostra tu amigo Vicente
ya ha pedido la cena. Mejor. Te da igual pizza que langostinos.
Sólo quieres acabar pronto. Rescatar el Chevrolet. Conducir
hasta tu bar favorito, el Ring. Beber un par de bourbons.
Luego la cena se va animando. Sois cuatro. Se cuentan
buenos chistes. El vino es pasable. La comida engaña
al estómago. Suficiente. Sales con una sonrisa en el
semblante. Has regalado un ejemplar de tu último libro
a cada uno de tus amigos. Mañana seguro que me arrepiento,
por Andrés Muñoz. Tigre Manjatan. Ese es el nombre que
figura en la cubierta. Tigre Manjatan. Tu máscara comercial
y social. Vestigios de tus tiempos de redactor de crónica
negra. Ahora diriges una revista. Ese era el motivo
de la cena. Conseguir colaboradores para Mad Madrid.
Publicación quincenal de actualidad desactualizada.
Tus viejos colegas han reaccionado como un sólo hombre.
A partir de enero comenzarás a recibir sus artículos,
dibujos, fotografías. Perfecto. ¿Perfecto? No tan perfecto.
Junto a tu maravillosa máquina hay dos individuos vestidos
de azul. Parados. Uno tiene una libreta en la mano.
Otro un radio transmisor. Policías. Policías municipales
llamando a la grúa. Horror. Deprisa. Tienes que reaccionar
deprisa. Médico. Eres médico. Vienes de una emergencia.
—Agentes, aguarden un instante, por favor. Soy médico.
Vengo de atender a un paciente que me ha llamado por
una urgencia. Gracias a Dios he llegado a tiempo. Gracias
a Dios. Vuelves a hablar antes de que ninguno reaccione.
Has mostrado, elevándolo, el maletín negro que llevas
en la mano. Podría ser el maletín de un médico. Es el
maletín de un periodista. Sutilezas. En cualquier caso
es un maletín. —Estas profesiones nuestras, ¿verdad?
Seguro que ustedes también han salvado vidas en miles
de ocasiones. Pero no nos dejan ni respirar, ¿eh?, no
respetan ni estas fiestas. Uno de los agentes duda.
El del transmisor en la mano. Es grueso, de cabello
oscuro y sucio. Es el malo. Al que hay que trabajar.
Le ha complacido que le comparen con un galeno. Doctores
del tráfico y las multas de aparcamiento. Ese es el
camino.
-Un virus. Los virus están por todas partes últimamente,
con tantos inmigrantes... A los policías les gusta que
se ponga a los inmigrantes en su sitio. Tantos moros.
Tantos chinos. Y negros. Sacas la cartera y rebuscas
entre tus papeles. Intentando encontrar tu carné. El
identificativo que te acredita como médico. Vaya, te
lo has dejado en casa. Increíble. Que torpeza. Claro,
con las prisas.
—No irán a ponerme una multa. Estamos en Navidad, y
soy absolutamente respetuoso con las normas de circulación.
Mi hermano mayor es policía, como ustedes. Más jabón.
Aunque tú no tengas ningún hermano mayor. Todos somos
de la misma familia. Todos somos hermanos. Tú no tienes
ni un euro para desperdiciar en multas. Eso no es bueno
que lo sepan. La creencia popular es que los médicos
tienen un buen pasar económico.
—Me temo que voy a tener que sancionarle. El bueno.
El policía bueno. Te habías olvidado de él. Le sonríes
con la máxima humildad. Buscando el alma que apenas
aflora a través de sus ojos castaños.
—Además, la grúa ya viene en camino. El malo. Dispara
desde retaguardia. La grúa. Lo que faltaba. Tienes que
driblar. Regatear. Cambiar el juego. Buscar un punto
débil.
—Está bien, si tienen que sancionarme, háganlo. Vengo
de trabajar, de salvar una vida humana. Un niño, ya
les digo, pero claro, entiendo que ustedes tienen que
hacer su trabajo. Oiga, disculpe, ¿le pasa algo?, le
veo muy pálido. ¿Me permite que le tome el pulso? Tomar
el pulso es lo más que puedes hacer. No llevas ningún
estetoscopio entre los ejemplares de tu novela. Ni siquiera
una mala caja de aspirinas.
—Está muy acelerado. ¿Se encuentra bien? ¿No siente
usted un dolor en el centro del pecho?
—¿En el centro del pecho? Pues ahora que lo dice, doctor,
la verdad es que llevo todo el día con una opresión
aquí, encima del estómago.
—Dios mío, menos mal que me he dado cuenta a tiempo.
Siéntese en el coche. Respire hondo. No. Así no. Tome
aire por la nariz, llévelo al estómago y suéltelo muy
despacio por la boca. Un poco mejor, ¿verdad?
—Me sigue doliendo. Un infarto. Va a ser un infarto.
Menos mal que estás tú allí. Doctor Manjatan. El eficacísimo
doctor Tigre Manjatan. Apremias al otro agente para
que llame a una ambulancia. O mejor aún, que conecte
la sirena y lleve él mismo a su compañero a un hospital.
—Menos mal que me han encontrado. Pero tranquilos, creo
que vamos a llegar a tiempo. Coges el cuaderno de multas
del agente sano. Del agente que tiene tan mala cara
como el otro pero a quien no has tomado el pulso. Casi
le empujas al interior del coche. Doce de Octubre.
—Apresúrese. Yo le sigo. Ha sido un milagro que yo estuviera
aquí, doy gracias a Dios. Estas cosas sólo ocurren en
Navidad, ¿verdad? Un milagro. Sí. Un milagro que hayas
llegado antes que la grúa. Un milagro que hayas conseguido
quitarle el bloc, con tu matrícula anotada, al policía.
Un milagro de Navidad que no vayas a tener que pagar
ninguna maldita multa. Un delicioso milagro.
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