Número.1850 - 21 mayo 2007

 

   BAJO MI SOMBRERO
Javier Puebla
La noche de los libros
JAVIER PUEBLA
La noche comienza con un “movimiento del alma”, como lo denomina Cuca Escribano, la amiga con la que he quedado en la Plaza de Santa Ana a las diez y cuarto para tomar algo y sobre todo ponernos al corriente de nuestras respectivas vidas. Y lo que hago es, siguiendo la explicación de Cuca, un “movimiento del alma” porque desatiendo o esquivo o excuso otros compromisos para reunirme con ella en la Cervecería Alemana. Pero no podía ser de otro modo; Cuca, como sabrán muchos lectores al haber leído su nombre, es actriz, en estos momentos una de sus películas, Atlas de geografía humana, está en todas las carteleras, y aunque suele residir en Sevilla se ha desplazado hasta la Villa y Corte para rodar un con el equipo que normalmente se encarga de poner semana a semana en pie la serie Cuéntame. Es un trabajo duro —el trabajo de actor siempre es más duro, mucho más duro, de que quienes lo desconocen puedan imaginar— y Cuca Escribano se ha levantado a las siete de la mañana y ha estado trabajando prácticamente doce horas seguidas. Para mí es un honor y un lujo que después de semejante esfuerzo aún encuentre energía para reunirse conmigo, como fue un honor y un lujo que se apuntase como tripulante o alumna el año que puse en marcha mi humilde taller literario; y ante su esfuerzo, nobleza obliga y placer subraya, solo puedo decir sí. El destino, confabulado a nuestro favor quizá como premio del mutuo esfuerzo, hace que justo cuando lleguemos se desocupe una mesa en la terraza de la Cervecería Alemana y podamos cenar en la calle. No cabe ni un alfiler anoréxico en la Plaza de Santa Ana, todo Madrid está en la calle, la temperatura es deliciosa y es difícil ver siquiera a alguien con gesto de cansancio o mal humor. Hablamos largo y tendido, nos ponemos al tanto de nuestras vidas, filosofamos (a ella también le gusta, vive en Sevilla) y cuando la dejo en su casa en lugar de coger el metro o subirme a un taxi decido regresar al hogar dulce hogar caminando, así que bajo por Alcalá, con sus preciosos edificios iluminados: el Metrópolis, la sede del Cervantes, el Círculo de Bellas Artes, y luego callejeo para regresar al corazón de la ciudad, prolongar la dicha del paseo hasta donde alcance la energía de mis piernas. Cuando por fin llego a casa todos duermen, enciendo el ordenador para escribir un cuento que se me ha ocurrido mientras caminaba, y pongo la tele. Mi amigo Fernando Sánchez-Dragó está comandando su telenoticias diario, y me cuenta, me recuerda —pero ¿cómo he podido olvidarlo?— que es la noche de los libros, que más de seiscientos escritores están firmando ejemplares por toda la ciudad y que todas las librerías están abiertas. Por un instante me siento desplazado, confuso: yo no he estado firmando. Pero enseguida me consuelo: ya había seiscientos colegas dándole al rotulador o al boli. Nadie me habrá echado de menos, y quien lo haya hecho sabrá donde encontrarme al día siguiente: que lloverá. Lo cierto es que para mí no puede haber noche de los libros, porque —como escritor y lector— todas mis noches son suyas: de mis amados libros.

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