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La
noche comienza con un “movimiento del alma”, como lo denomina Cuca Escribano,
la amiga con la que he quedado en la Plaza de Santa Ana a las diez y cuarto para
tomar algo y sobre todo ponernos al corriente de nuestras respectivas vidas. Y
lo que hago es, siguiendo la explicación de Cuca, un “movimiento del alma” porque
desatiendo o esquivo o excuso otros compromisos para reunirme con ella en la Cervecería
Alemana. Pero no podía ser de otro modo; Cuca, como sabrán muchos lectores al
haber leído su nombre, es actriz, en estos momentos una de sus películas, Atlas
de geografía humana, está en todas las carteleras, y aunque suele residir en Sevilla
se ha desplazado hasta la Villa y Corte para rodar un con el equipo que normalmente
se encarga de poner semana a semana en pie la serie Cuéntame. Es un trabajo duro
—el trabajo de actor siempre es más duro, mucho más duro, de que quienes lo desconocen
puedan imaginar— y Cuca Escribano se ha levantado a las siete de la mañana y ha
estado trabajando prácticamente doce horas seguidas. Para mí es un honor y un
lujo que después de semejante esfuerzo aún encuentre energía para reunirse conmigo,
como fue un honor y un lujo que se apuntase como tripulante o alumna el año que
puse en marcha mi humilde taller literario; y ante su esfuerzo, nobleza obliga
y placer subraya, solo puedo decir sí. El destino, confabulado a nuestro favor
quizá como premio del mutuo esfuerzo, hace que justo cuando lleguemos se desocupe
una mesa en la terraza de la Cervecería Alemana y podamos cenar en la calle. No
cabe ni un alfiler anoréxico en la Plaza de Santa Ana, todo Madrid está en la
calle, la temperatura es deliciosa y es difícil ver siquiera a alguien con gesto
de cansancio o mal humor. Hablamos largo y tendido, nos ponemos al tanto de nuestras
vidas, filosofamos (a ella también le gusta, vive en Sevilla) y cuando la dejo
en su casa en lugar de coger el metro o subirme a un taxi decido regresar al hogar
dulce hogar caminando, así que bajo por Alcalá, con sus preciosos edificios iluminados:
el Metrópolis, la sede del Cervantes, el Círculo de Bellas Artes, y luego callejeo
para regresar al corazón de la ciudad, prolongar la dicha del paseo hasta donde
alcance la energía de mis piernas. Cuando por fin llego a casa todos duermen,
enciendo el ordenador para escribir un cuento que se me ha ocurrido mientras caminaba,
y pongo la tele. Mi amigo Fernando Sánchez-Dragó está comandando su telenoticias
diario, y me cuenta, me recuerda —pero ¿cómo he podido olvidarlo?— que es la noche
de los libros, que más de seiscientos escritores están firmando ejemplares por
toda la ciudad y que todas las librerías están abiertas. Por un instante me siento
desplazado, confuso: yo no he estado firmando. Pero enseguida me consuelo: ya
había seiscientos colegas dándole al rotulador o al boli. Nadie me habrá echado
de menos, y quien lo haya hecho sabrá donde encontrarme al día siguiente: que
lloverá. Lo cierto es que para mí no puede haber noche de los libros, porque —como
escritor y lector— todas mis noches son suyas: de mis amados libros.
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