Número.1835 - 05 febrero 2007

 

Juan Carlos Arias
Dignidad resucitada
La memoria histórica recupera realidades, y ficciones, para los dos bandos. Las de uno se reeditan sin más. Las de otro se alumbran por reputados escritores e historiadores, aunque entre ellos los haya a la caza del best seller. Al trapo entraron también periodistas que no tiemblan al superar las cinco páginas de texto. María Antonia Iglesias, informadora de raza, conduce sobrecogedores relatos en su monumental obra Maestros de la República (La Esfera). Su prólogo ya pone los penos de punta. Retrata la barbarie bélica y sus efectos colaterales sobre enseñantes entregados a la causa; lo firma el ex ministro José María Maravall. Leyendo la obra descubrimos una periodista diferente, ¿ganamos una historiadora? La recordamos de tertuliana, y de marimandona en los informativos de RTVE durante las postrimerías del felipismo. Aquel cargo no le hurtó ser cronista ‘amable’ después. Su nombre ya conoce los estantes de las librerías (Ermua 4 días de julio, Aquella España dulce y amarga, más La memoria recuperada). En su obra, magníficamente ilustrada por capítulos con fotos entrañables, Iglesias recorre España. Recupera historias de alumnos, testigos y familiares de maestros fusilados, depurados y represaliados por el bando vencedor. Su único delito fue llevar la cultura a todas las clases sociales. La retaguardia libró la dura batalla entre cultos e ignorantes, entre maestros y curas. Lo más fructífero de la Segunda República fue alfabetizar un pueblo que conocía las aulas en élites y débil clase media. Como nos recuerda Maravall, incorporó 15.000 profesores, se dignificó al maestro y se prodigó una pedagogía activa y participativa basada en las pautas de la Institución Libre de Enseñanza, impulsada por Giner de los Ríos. La Iglesia española, católica, apostólica y romana además, jamás aceptó tal realidad competencial. Tenía, y tiene, intereses en la enseñanza popular. No le interesan neutralidades, laicismos, librepensamientos… Les molestó la regeneración cultural republicana. Las sórdidas historias que relata Iglesias en su volumen sólo asesinaron a hombres y mujeres que pagaron muy caro trasmitir conocimientos al pueblo. La dignidad de esos héroes sale airosa. La conducen personas que sufrieron la ignominia y la humillación. La investigación de la autora la complementan prefacios que, para cada capítulo, hacen Xose M. Beiras, Santiago Carrillo, Luis Mateo Díez, J. L. Carod-Rovira, Manuel Vicent, Joaquín Leguina, Javier Cercas, Félix Grande, Almudena Grandes y Luis García Montero. Tan notables escritores consolidan el homenaje que María Antonia Iglesias hace. El arma de los maestros fue civismo y crear una sociedad mejor. Maestros de la República da voz a los muertos. Sus relatos hacen creíbles a otros que conocíamos algunos. También hubo maestros que se salvaron convirtiéndose al franquismo, delatando a compañeros. Incluso, muerto el Caudillo, algunos fueron raudos reclamando “sueldos atrasados” que les fueron pagados íntegros; mientras, disfrutaron del régimen. De todo hubo, todo sea dicho. Esperemos que jamás se asesine a un maestro. Aunque últimamente los agreden y ningunean socialmente. Va por ellos.

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