Número.1812 - 28 agosto 2006

 

Ramón Vilaró
El alto precio del turismo
Cataluña continúa siendo la comunidad autonómica con mayor número de turistas, esperando superar los cinco millones de visitantes en el año en curso. Barcelona es el principal foco de atención, además de las playas de la Costa Brava, Maresme y Costa Daurada, mientras se vive también un auge en destinos del interior, incluida la última moda del turismo rural. El turismo supone la principal partida de ingresos, donde ya no se puede hablar de divisas, pues la mayoría proceden del área del euro en que convivimos en gran parte de la Unión Europea. Sin embargo, el turismo no sólo aporta beneficios. También hay inconvenientes. Van desde la masificación de prácticamente toda la franja costera catalana, donde ya queda poco por cementar, hasta rozar los límites de masificación urbana, como es el caso de Barcelona, sobre todo en las zonas más visitadas de la ciudad, desde la Ramblas a los monumentos de Gaudí, sin olvidar el museo del Barça, que atraen a millones de visitantes en una capital catalana convertida en la primera ciudad turística del Mediterráneo, superando, de lejos, a los peregrinos que van a Roma o los interesados en el turismo cultural por Atenas. Los vuelos de bajo coste, al aeropuerto del Prat o al de Girona- Costa Brava y Reus, son puertas de entrada de turistas que, aún quedándose muchos de ellos en las playas, acaban visitando unos días la ciudad de Barcelona. Andar, no ya pasear, por las Ramblas barcelonesas, sin duda uno de los lugares más emblemáticos de Europa a la hora de hacer turismo, se ha convertido prácticamente 0en una epopeya a cualquier hora del día, sobre todo en época estival. Tal es el éxito de Barcelona como foco de atracción turística, al que se suma el hecho de ser también el primer puerto de cruceros del Mediterráneo, que cada vez son más fuertes las voces de protesta por el desenfreno que comporta el auge de visitantes. El aumento de robos, prostitución callejera, ruidos hasta altas horas de la madrugada, plazas duras, como la del MACBA, convertidas en pistas de patinaje nocturno, y contenedores de basura llenos a rebosar, sin hablar de algunas esquinas convertidas casi en urinarios públicos, plantean la necesidad de medidas urgentes para que algunos visitantes no hagan en Barcelona lo que, probablemente, les prohíben hacer en sus propias ciudades. La nueva ordenanza de civismo promete algunos remedios, aunque los ciudadanos lo contemplan con escepticismo. Sobre todo cuando, por ejemplo, en materia de ruidos, de nada, o muy poco, sirven las denuncias a una Guardia Urbana desbordada por el triunfo turístico de la ciudad. La avalancha turística sobre Barcelona, una ciudad que cuenta igualmente con las preferencias de muchos profesionales europeos a la hora de buscar nuevos horizontes para trabajar y vivir, será tema de campaña en la próximas elecciones municipales, a celebrar en primavera de 2007, que pondrá a prueba la validez, o no tanto, del “modelo Barcelona” a la hora de recibir al visitante.



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