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Cataluña continúa siendo la comunidad autonómica con mayor
número de turistas, esperando superar los cinco millones
de visitantes en el año en curso. Barcelona es el principal
foco de atención, además de las playas de la Costa Brava,
Maresme y Costa Daurada, mientras se vive también un auge
en destinos del interior, incluida la última moda del
turismo rural. El turismo supone la principal partida
de ingresos, donde ya no se puede hablar de divisas, pues
la mayoría proceden del área del euro en que convivimos
en gran parte de la Unión Europea. Sin embargo, el turismo
no sólo aporta beneficios. También hay inconvenientes.
Van desde la masificación de prácticamente toda la franja
costera catalana, donde ya queda poco por cementar, hasta
rozar los límites de masificación urbana, como es el caso
de Barcelona, sobre todo en las zonas más visitadas de
la ciudad, desde la Ramblas a los monumentos de Gaudí,
sin olvidar el museo del Barça, que atraen a millones
de visitantes en una capital catalana convertida en la
primera ciudad turística del Mediterráneo, superando,
de lejos, a los peregrinos que van a Roma o los interesados
en el turismo cultural por Atenas. Los vuelos de bajo
coste, al aeropuerto del Prat o al de Girona- Costa Brava
y Reus, son puertas de entrada de turistas que, aún quedándose
muchos de ellos en las playas, acaban visitando unos días
la ciudad de Barcelona. Andar, no ya pasear, por las Ramblas
barcelonesas, sin duda uno de los lugares más emblemáticos
de Europa a la hora de hacer turismo, se ha convertido
prácticamente 0en una epopeya a cualquier hora del día,
sobre todo en época estival. Tal es el éxito de Barcelona
como foco de atracción turística, al que se suma el hecho
de ser también el primer puerto de cruceros del Mediterráneo,
que cada vez son más fuertes las voces de protesta por
el desenfreno que comporta el auge de visitantes. El aumento
de robos, prostitución callejera, ruidos hasta altas horas
de la madrugada, plazas duras, como la del MACBA, convertidas
en pistas de patinaje nocturno, y contenedores de basura
llenos a rebosar, sin hablar de algunas esquinas convertidas
casi en urinarios públicos, plantean la necesidad de medidas
urgentes para que algunos visitantes no hagan en Barcelona
lo que, probablemente, les prohíben hacer en sus propias
ciudades. La nueva ordenanza de civismo promete algunos
remedios, aunque los ciudadanos lo contemplan con escepticismo.
Sobre todo cuando, por ejemplo, en materia de ruidos,
de nada, o muy poco, sirven las denuncias a una Guardia
Urbana desbordada por el triunfo turístico de la ciudad.
La avalancha turística sobre Barcelona, una ciudad que
cuenta igualmente con las preferencias de muchos profesionales
europeos a la hora de buscar nuevos horizontes para trabajar
y vivir, será tema de campaña en la próximas elecciones
municipales, a celebrar en primavera de 2007, que pondrá
a prueba la validez, o no tanto, del “modelo Barcelona”
a la hora de recibir al visitante.
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