 |
¿Dónde
están? ¿Dónde se esconden esas hijas de la gran puta?
Si hace un momento, unos días de nada, apenas habían
empezado y parecían tan largas, inacabables..., ¡parecían
eternas! Pensaba viajar a Galicia y descubir a los “fumadores
de montes”, estaba previsto que me desplazaría hasta
el sur de Francia para ver a mi viejo amigo F. , y comprobar
si es verdad que las dos niñas que eran sus hijas ahora
son dos mujeres con personalidad propia. Contaba con
terminar una novela, escribir un par de docenas de cuentos,
montar una película, realizar otra nueva... No es posible,
sencillamente no es posible que mañana me toque regresar
al ministerio, a mi despachito pequeño y tristón, tenga
que enfrentarme con El Sapo y con Madame Sarampión,
mi jefa y mi secretario, respectivamente. No es posible
que mañana el imbécil de Luis me esté esperando al otro
lado de la barra para decirme la frase que más he oído
a lo largo del año: el café con leche, ¿corto de café,
Don Antonio? Claro que por lo menos a Luis le jodo,
porque mañana le pido un té, y con limón. La leche que
se la meta por donde le quepa. Hace ya días ya comencé
a hacer cálculos, a iniciar la temida cuenta atrás,
pero mientras queda una semana, seis días, cinco, cuatro,
tres o hasta dos días... ¡hay esperanza! Pero hoy ya
no queda ningún día, podría ponerme enfermo, de hecho
estoy enfermo, bastaría que fuese al médico y le solicitase
una baja por principio de depresión tuneada con unos
toques de neurastenia. ¡No queda ningún día! ¡Socorro!
Mañana regreso. Mañana madrugo, mañana me como el atasco,
mañana me levantaré sin energía pensando que la vida
carece de sentido y que cada día estoy más viejo (se
me debe estar picando una muela, me duele), veo peor
(debería ir al oculista a ponerme gafas) y me interesan
menos cosas. Tengo treinta años, tengo veinte, tengo
dieciséis, tengo sesenta... Da igual. Con los que tengo
estoy jodido, porque mañana vuelvo al curro, mañana
se acaba el sueño de la libertad condicional que en
este milenio hiperacelerado llaman vacaciones. Y aún
no me he recuperado de la resaca del viernes, no fui
a ver la peli de Wenders (¿podría ir mañana por la noche
para resarcirme del regreso? No, ya la han quitado de
la cartelera, te fastidias, tío), no di un largo paseo
por la playa con mi hermano mayor, no le robé la tortuga
al vecino para hacerme una sopa, no hice el muerto en
el centro de la piscina de Claudia Schiffer. Miro el
reloj, podría calcular las horas, pero eso ya sería
masoquismo. ¡Quedan exactamente dieciocho horas, y veintisiete
para volver a ver a los idiotas con los que comparto
condena y curro! ¡Faltan tan sólo dieciocho horas y
veinticinco minutos para que mis pantalones se vuelvan
grises entre mi culo y el asiento del despacho! Ya no
puedo hacer nada, excepto quedarme quieto y esperar;
da igual que me acueste temprano para estar mañana en
forma o que me acueste a las cuatro, como hago ahora,
para aprovechar hasta el último momento de libertad.
Mañana. Vuelvo. Menos mal. En el fondo... hasta los
huevos de esa sensación de “provisionalidad vacacional”.
www.javierpuebla.com
|