 |
No conozco la audiencia de Ana Rosa. Sofres, la
empresa de mediciones de audiencias televisivas que intentó
trucar fracasadamente el PP para solaz de sus medios de
comunicación, no la toma en consideración cuando realiza
sus mediciones cotidianas. Apenas me atrevo a hacer un
cálculo sobre el número de personas que tienen noticia
cierta de su paso por la vida, de su quehacer diario,
de los motivos que impulsan sus actos… Ni lo sé ni, lo
más seguro, lo sabré nunca. Quizá si se apellidara Quintana
y tuviese un programa de televisión para hablar de esa
oscura zona de sombra que hay en la naturaleza humana
y que nos muestran con desparpajo los reality show, podría
saber cosas acerca de su manera de hacer; claro que, si
fuera ella, tampoco tendría tiempo para escribir libros
y los haría de encargo como la revista que dice editar.
La Ana Rosa de este articulo es simplemente Ana Rosa:
cuida de su casa, adora a su familia, tiene ideas que
agarra con magistral fortaleza y especial ternura en su
forma de expresarlas. Es la mujer, además, de un superviviente
y madre. De corazón sensible, mirada vivaz, alma terca
y resistente. ¿Se puede representar eso a cambio de un
sueldo? ¿Se puede decir: yo soy la representación de los
miedos, las inquietudes, los temores, la rabia y la ira
contenida de Ana Rosa? Hay que tener valor: sobre todo
si se construye una fábula de vanidad en beneficio de
la miseria humana, tan propia en los nuevos pelotas del
PP. Un taxista de Madrid me dice que es cierto que hubo
un tiempo en el que convivieron las tres religiones del
libro. Saberlo forma parte del lenguaje oficial: aún es
posible porque fue posible. Pero dice: que bajo el Islam
no se perseguía la religión distinta, el pensamiento diferente.
Coincide con esa idea que tenemos de avance científico,
crecimiento cultural, investigación y belleza andalusí,
distinta de la mugre de los violentos reyes visigodos.
Difiere, también, del horror salafista. Entre Ana Rosa
y el taxista madrileño y musulmán existen coincidencias.
Ella es víctima del terrorismo: a su marido le dispararon
en la cabeza pero logró sobrevivir. Mi amigo conductor
sobrevive en un mundo que está concebido para ejercer
la dominación económica, cultural, religiosa y moral de
unos sobre otros. De ellos sobre aquellos, los suyos.
De ellos sobre nosotros. Ella, risa, Javier, su marido
acribillado… todos los imperios acaban por venirse abajo,
es cierto; todos, menos el de la consistencia infinita
de la solidaridad y el afecto para construir entre aquellos
que están dispuestos a soñar la misma paz sin más víctimas,
sin más beneficiarios. Y despierto de mi sueño de verano
cuando descubro por innovación intelectual del original
director de Telemadrid que no es lo mismo el 7 por ciento
en Mallorca que en Chinchón. ¿En qué estarían pensando
los sabios de la historia? ¿Estarían viendo Telemadrid?
No. Aunque no lo parezca, hemos progresado Ana Rosa, amigo
taxista: a pesar de sujetos como éste. Tan listos. Tan
educados. Aún hay oportunidades.
|