Número.1814 - 11 septiembre 2006

 

   PALABRAS EN LIBERTAD
Rafael García-Rico
Sueños de verano y pesadillas de Telemadrid
No conozco la audiencia de Ana Rosa. Sofres, la empresa de mediciones de audiencias televisivas que intentó trucar fracasadamente el PP para solaz de sus medios de comunicación, no la toma en consideración cuando realiza sus mediciones cotidianas. Apenas me atrevo a hacer un cálculo sobre el número de personas que tienen noticia cierta de su paso por la vida, de su quehacer diario, de los motivos que impulsan sus actos… Ni lo sé ni, lo más seguro, lo sabré nunca. Quizá si se apellidara Quintana y tuviese un programa de televisión para hablar de esa oscura zona de sombra que hay en la naturaleza humana y que nos muestran con desparpajo los reality show, podría saber cosas acerca de su manera de hacer; claro que, si fuera ella, tampoco tendría tiempo para escribir libros y los haría de encargo como la revista que dice editar. La Ana Rosa de este articulo es simplemente Ana Rosa: cuida de su casa, adora a su familia, tiene ideas que agarra con magistral fortaleza y especial ternura en su forma de expresarlas. Es la mujer, además, de un superviviente y madre. De corazón sensible, mirada vivaz, alma terca y resistente. ¿Se puede representar eso a cambio de un sueldo? ¿Se puede decir: yo soy la representación de los miedos, las inquietudes, los temores, la rabia y la ira contenida de Ana Rosa? Hay que tener valor: sobre todo si se construye una fábula de vanidad en beneficio de la miseria humana, tan propia en los nuevos pelotas del PP. Un taxista de Madrid me dice que es cierto que hubo un tiempo en el que convivieron las tres religiones del libro. Saberlo forma parte del lenguaje oficial: aún es posible porque fue posible. Pero dice: que bajo el Islam no se perseguía la religión distinta, el pensamiento diferente. Coincide con esa idea que tenemos de avance científico, crecimiento cultural, investigación y belleza andalusí, distinta de la mugre de los violentos reyes visigodos. Difiere, también, del horror salafista. Entre Ana Rosa y el taxista madrileño y musulmán existen coincidencias. Ella es víctima del terrorismo: a su marido le dispararon en la cabeza pero logró sobrevivir. Mi amigo conductor sobrevive en un mundo que está concebido para ejercer la dominación económica, cultural, religiosa y moral de unos sobre otros. De ellos sobre aquellos, los suyos. De ellos sobre nosotros. Ella, risa, Javier, su marido acribillado… todos los imperios acaban por venirse abajo, es cierto; todos, menos el de la consistencia infinita de la solidaridad y el afecto para construir entre aquellos que están dispuestos a soñar la misma paz sin más víctimas, sin más beneficiarios. Y despierto de mi sueño de verano cuando descubro por innovación intelectual del original director de Telemadrid que no es lo mismo el 7 por ciento en Mallorca que en Chinchón. ¿En qué estarían pensando los sabios de la historia? ¿Estarían viendo Telemadrid? No. Aunque no lo parezca, hemos progresado Ana Rosa, amigo taxista: a pesar de sujetos como éste. Tan listos. Tan educados. Aún hay oportunidades.



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