|
Los
meses que se avecinan serán claves en el devenir del país.
Catorce elecciones autonómicas, las municipales y un probable
adelanto de las generales, en su conjunto, pondrán a prueba
la capacidad de las respectivas maquinarias electorales,
especialmente las de de los dos principales partidos, los
que suelen obtener mayor representación. Zapatero pone sobre
la mesa su gestión, Rajoy se enfrenta al dilema de si la
plana mayor de los populares le arropa como una piña o los
diferentes clanes, desde los nostálgicos a los centristas,
se tiran los trastos a la cabeza forzando su sucesión antes
de que la organización salte por los aires. El test de Cataluña
es decisivo en tanto en cuanto Maragall ha sido apeado a
favor de Montilla por sus excesos nacionalistas y una política
de alianzas que el presidente deplora. Los pasos que se
den para fijar la fecha de las generales dependerán en buena
medida de los resultados previos que obtengan los socialistas
en autonomías y ayuntamientos. Si les son favorables y al
unísono queda desbloqueado el proceso negociador con ETA
y la izquierda abertzale lo más probable es que se aproveche
ese excelente clima para que los ciudadanos acudan a las
urnas en el mejor de los escenarios posibles para el actual
ejecutivo. Los cantos de sirena sobre los atentados del
11-M no tendrán más efecto que el de la confusión interesada
de unos cuantos titulares sueltos. El PP ya ha desistido
de presentar una moción de censura, consciente de que se
imponen las prisas. Precisamente es en este contexto donde
deben situarse las recientes manifestaciones del presidente
del Gobierno acerca de que en las próximas semanas comenzarán
los primeros contactos exploratorios y preliminares con
la organización terrorista ETA. Puede que el proceso de
paz no esté bloqueado, pero desde luego se ha ralentizado
y, cuando avanza, lo hace con una peligrosa lentitud. Se
necesita tiempo, por supuesto, y hay que proceder con la
mayor tranquilidad porque, como dicen los próceres del PSOE,
quien por convencimiento llega a pensar que la violencia
puede ser útil, también necesita mucho tiempo para salir
de su tremendo error. Son 35 años de asesinatos, chantajes
y extorsiones y ahora, por fin, se empieza a vislumbrar
el final. No es adecuado añadir pócimas electoralistas a
la llegada de la paz, pero a nadie se le pasa desapercibido
que cualquier gesto en su favor alimentará que los deseos
de la población se decanten de nuevo por los que preconizan
diálogo antes que confrontación. Merece la pena seguir en
el intento. Si se actúa sin mentiras, dentro de la lógica
democrática, se pueden superar situaciones especialmente
problemáticas y dar respuesta a lo que ha causado tanto
daño. La identidad del pueblo vasco no se pone en entredicho.
Los violentos deben soltar ese lastre y el ejecutivo está
obligado a variar su política penitenciaria con el acercamiento
de todos los presos. En Batasuna saben que dentro de la
ley podrán competir en las urnas como cualquier otra opción.
|