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LA
VENTANA DISCRETA
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SANTIAGO
LÓPEZ CASTILLO
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| La
casquería |
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Cuando
comprobé en la primera jornada de Liga que el partido de turno
sólo se televisaría previo pago, yo que no le pago ni medio
penique a Polanco por más que los tenga a espuertas, y aun
a sabiendas de que en su día Juan Luis Cebrián, me ofreció
inaugurar El País, pero obligándome a dejar TVE, aunque lo
más grave, con el paso del tiempo, fue comprobar el sectarismo
de este grupo mediático a los periodistas que nos consideramos
liberales, pues opté, aquella noche yaciente de agosto, huérfana
de tuercebotas, por ver uno de esos programas del corazón,
vísceras y demás casquerías. Esos mismos que, según las encuestas,
nadie ve porque todo el mundo mira los documentales de La
2. Mentira podrida. El espacio, conducido por un presentador
algo sieso y corto en ademanes, semejaba una jaula de grillos.
A saber: había un joven o jóvena, al decir de un joya en bruto
socialista, que gritaba con voz de pitiminí y exhibía pelo
a lo David Crocket. Luego, otras féminas o lo que fueran o
fuesen, en escotes con canalillo al sol concluyendo en apretujadas
bimbas (¿también quieren ser estrellas?), mostraban su erudición
sobre polvos pica-pica, pajas mentales y de las otras, y cuernos
de las más diversas ganaderías. También había, recuerdo, una
cronista con ojos saltones, mismamente de rana, que sentaba
cátedra y hasta daba asco mirarla. Supongamos que toda aquella
recua hablaba de Marbella… Y salía la Pantoja, y dale con
la Pantoja. Y la Carmina Ordóñez, raya.com, R.I.P., y la última
mujer del bailarín sin cuello a la que, al parecer, la calentaba
de aquella manera. Y venga con los juzgados y las querellas
criminales, pactadas, una semana en esta cadena, mañana en
la otra, y tiro porque me toca, viva la pasta gansa. Hasta
que, en una de esas, se asomó a la pantalla una excelsa buscona
en dimes y diretes, de profesión oportunista y trincona. Mostró
su arrepentimiento por las perversidades que profirió contra
Carmina Ordóñez, pobrecita, la única mujer del mundo que se
pasó la vida sin trabajar y a lo más que llegó fue bajarse
al moro y darse meneitos en el pelo. Luego, el populacho estaba
representado en las gradas que aplaudía o abucheaba según
fuera la orden del regidor (lejos del campo de las cámaras),
siguiendo a pies juntillas el morbo del guión. Y allí estaba
una rubia mandona que inquiría verdades como puños cuando
se pasó meses metiendo trolas y jugado con la sensibilidad
de unos padres como Albano y Romina Power. Asimismo, vi a
una locuaz gitana que se ha convertido en abogada defensora
de la gitana grande de Julián Muñoz, ese señor que de camarero
llegó a alcalde y de alcalde a Alhaurín de la Torre, como
alumno aventajado del tío Gilito. Faltó en aquella noche huérfana
de goles, conculcando la ley de “interés general”, que hizo
Cascos, pero que no la cumple ni dios, aunque, casualmente
(?), estaba su ex mujer alimentando el vociferio. A la mañana
siguiente, la señora del supermercado, tenía los ojos como
platos. No sé si de ver lo que vio en aquella madrugada prolongada
o por no poder ganar en un plis plas lo que ganan estas carroñeras
televisivas de un certero picotazo. No es de extrañar que
el profesor Bernabé Tierno me venga advirtiendo: “¿Sabes lo
que dicen los niños a sus papás? Pues que yo quiero ser Boris”.
Y se bajan los pantalones”. Televisión por culo. Eso.
slopezcastillo@eresmas.com
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