Número.1815 - 18 septiembre 2006

 

Juan Carlos Arias
Negocio farmacéutico
La Comisión Europea recordó recientemente al Estado español la obligación de liberalizar la autorización de oficinas de farmacia. El ejecutivo lleva lustros dando largas, y escurriendo el bulto, a un asunto que esconde muchos intereses y atesora un negocio, al margen de la fiscalidad, que mueve miles de millones de euros cada año. Muchos nos preguntamos, en la Europa del siglo XXI, por qué cualquier trabajador tiene libertad de establecimiento, circulación y ejercicio excepto los farmacéuticos. Los últimos, si no disponen de millones de euros para ‘comprar’ una licencia de farmacia, tiene papá, mamá o apellido ‘con farmacia’ están condenados a esperar años y años sentencias judiciales si quieren ejercer libremente su profesión tras superar una difícil licenciatura universitaria. Sobre el papel, algunas autonomías españolas optaron por regularizar la concesión de farmacias. Algunas, como Navarra, fue valiente en sus planteamientos liberalizadores. Otras, como Extremadura o Andalucía, entendieron que la licencia de farmacias no debe ser un coto de sagas familiares que se las traspasan y venden como si fueran patrimonios particulares. Establecieron una baremación para solicitarlas que tiene trampa. Tienen más puntos quienes trabajaron en oficinas de farmacia o méritos académicos. La realidad informa que algunos tienen ventaja. Llueve sobre privilegios medievales. Otra realidad indica que explotar una farmacia puede ser un gran negocio en determinados pueblos o zonas urbanas. La demagogia de la cúpula colegial farmaceútica al reiterar que ‘tenemos el mejor sistema mundial’ obvia que centenares de pequeñas poblaciones rurales, barrios conflictivos, o zonas alejadas de cascos urbanos carecen de farmacia porque no son ‘rentables’. ¿Hablamos de servicio público o negocio privado? Se oculta deliberadamente que la punta del iceberg del negocio son los fármacos que dispensa la sanidad pública. Tales productos están controlados por médicos, autoridades y fisco. El margen de beneficio cada vez es más ínfimo. Ahí se aceptan lamentaciones del rancio ‘poder farmaceútico’. Los medicamentos sin receta (OTC) y productos sanitarios, los denominados ‘milagro’ y tantos otros se compran por toneladas con generosas bonificaciones y se venden sin factura. En tales productos está el verdadero quid de una cuestión que posibilita traspasos de infarto en negocios que parecen no mover más que cualquier ferretería, bar, sucursal bancaria… Valga un ejemplo: en un pueblo de 5.000 habitantes donde conviven dos farmacias, si una se vende puede costar más de tres millones de euros, aunque oficialmente se contemplan unos pocos miles. En un barrio de clase media en capital por debajo de los 200.000 habitantes, una farmacia se mercadea por encima de los cinco millones de euros. Por lo dicho, el negocio parece ir viento en popa. A ello, debe sumarse que cada año se amontonan en el paro miles de farmacéuticos recién licenciados, se extienden sagas familiares que reparten oficinas en varios puntos o se oferta al alza por aquello del blanqueo dinerario. Que de todo hay en la viña farmacéutica. Hay que añadir que el negocio está en manos de unos pocos. Una minoría que habita en las bambalinas del ramo y se aprovecha del buen nombre del boticario.

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