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La decisión del presidente socialista Pasqual Maragall
de no presentarse en las próximas elecciones, probablemente
para el 22 de octubre, supone un caso de jubilación anticipada,
al que nos tienen tan acostumbrados muchas empresas españolas
y multinacionales cuando no les salen las cuentas y deciden
reestructurarse, o irse a otra parte, y aplican inamovibles
reducciones de plantilla que siempre incluyen prejubilaciones.
A nadie escapa que Maragall tenía aún un largo recorrido
como líder político, a pesar de sus luces y sombras, como
cualquier persona, se dedique o no a la política. Pero
han sido sus propios compañeros de partido quienes han
decidido darle el pase, en aras de una renovación generacional
y, sobre todo, en base a la siempre tradicional lucha
en las filas socialistas catalanas entre los partidarios,
por ponerle siglas, de una línea más de Partit Socialista
de Catalunya (PSC), o los seguidores de una tendencia
mas afín al Partido Socialista Obrero Español (PSOE),
que ha ido cohabitando desde siempre en el partido PSC/PSOE,
que no deja de ser una extensión de lo que se cuece y
decide en la calle Ferraz, la sede central del partido
socialista. Maragall, en medio de la soledad del corredor
de fondo, ve como de nada le han valido sus éxitos del
pasado, desde la lejana alcaldía de Barcelona, la organización
de los Juegos Olímpicos de 1992, la presidencia del polémico
gobierno tripartito o la victoria del nuevo Estatut, para
evitar la prejubilación. Ahora, tanto partidarios como
detractores, todos se deshacen en elogios en esta prejubilación
que ni siquiera tiene tintes de jubilación, cuando los
compañeros despiden en una cena a un recién jubilado y,
a veces, la empresa le regala hasta un reloj de pulsera
para que vaya viendo pasar el tiempo. Maragall recibirá
como regalo alguna oferta de cargo institucional decorativo,
o como apuntaba hace ya unas semanas en esta columna,
alguna embajada que le permita la tranquilidad de escribir
unas memorias para las que, sin duda, ya habrá recibido
ofertas suculentas de más de un editor. Aunque, el imprevisible
Maragall, como demuestra en su grandeza de saber decir
dignamente adiós, tras un extenso balance de éxitos, siempre
puede sorprender con gozar de la tranquilidad de su casa
en el Baix Empordà para relatar su rica historia, llena
de aciertos, logros y, naturalmente, más de alguna decepción,
no sólo de sus opositores, sino también de sus defensores.
Pasqual Maragall tira, o más bien le hacen tirar, la toalla,
saliendo por la puerta grande, pero sale sólo y sin acompañantes
que saben que también serán arrastrados por los nuevos
aires del socialismo en Cataluña, ya sea para promoción
o, al igual que el presidente, para la prejubilación.
Así es la vida, incluso en política.
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