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César
Alierta, presidente de la primera operadora de este
país desde la huida a Miami de su precedesor Juan Villalonga,
quiere sentar “las bases de una nueva Telefónica más
grande, más fuerte y lista para seguir a la cabeza del
sector en el futuro”. El presidente ejecutivo de Telefónica
lo explicó bien claro en la junta de accionistas de
la compañía, que tuvo lugar la semana pasada en Madrid,
esta vez en ausencia casi total de incidentes. Y, curiosamente,
el aragonés no tuvo que romperse mucho la cabeza para
explicar cómo la va a hacer. Le bastará con aplicar
unas pequeñas dosis de sentido común e insistir en la
estrategia de desapego que ha aplicado en relación con
la que heredó de Villalonga, desde que se hizo cargo
de la empresa hace ya más seis años. Ya se ha escrito
alguna vez en estas mismas páginas. La política de Alierta
ha sido, desde que se sentó en el sillón de Gran Vía,
deshacer todo aquello que el ahora americano huido realizó
en la era de las “vacas gordas”, más bien hinchadas
artificialmente. Alierta, en efecto, ha fusionado Telefónica
Móviles con la matriz, ha integrado Terra en la corporación
y ya ha vendido prácticamente Endemol, una empresa de
contenidos por la que pagó más de lo que vale todo el
sector en Europa. Las pérdidas de Telefónica en esta
operación, casi un billón de pesetas de las de antes,
deberían estar en un juzgado y no en los números rojos
de la compañía. Pero lo mismo debería suceder con lo
de Terra y alguna que otra de las 2.000 mameces que
se hicieron. Enterrado el pasado con buen criterio,
la estrategia de Alierta es ahora, además de la racionalización
del negocio y el crecimiento orgánico y por compras
selectivas, restablecer los antiguos valores bursátiles
de la compañía y recuperar el valor de las históricas
“matildes”, el tradicional “calcetín” de ahorro seguro
de los inversores españoles de toda la vida. Un valor
que se ha visto deteriorado por las acciones de Villalonga
que, si bien elevó el título de la empresa al paroxismo,
fue a golpe de campañas falaces y confusionistas. Un
efecto que duró lo que duró, exactamente lo que tardaron
sus directivos en forrarse y largarse. Para restablecer
valores y llevar la acción a un mínimo de 18 euros,
sobre los 12 actuales, Alierta adelantó el compromiso
de la compañía de no realizar ampliación de capital
alguna al menos hasta el final de 2007 para realizar
adquisiciones y que las acciones que faltan por adquirir
para completar su plan de generación de autocartera,
por valor de 2.700 millones de euros, serán amortizadas.
Alierta precisó asimismo que Telefónica no empleará
más de 1.500 millones en inversiones financieras y adquisiciones
entre 2006 y 2007, al tiempo que recalcó que la compañía
trabaja con el objetivo de seguir progresando en hacer
más ligera la estructura de costes e inversiones. Alierta
insistió en que la positiva evolución de los resultados
ha permitido a Telefónica ofrecer un año más la mejor
combinación de crecimiento y retribución al accionista
del sector. A este respecto, subrayó que el grupo aumentará
un 20 por ciento la retribución al accionista en 2006
(hasta 60 céntimos de euro) y duplicará el dividendo
y el beneficio por acción en 2009 en relación con las
cifras correspondientes al ejercicio 2005, hasta prácticamente
un euro por acción.
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