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Es
fácil y recurrente hacer leña del árbol caído. Estos días,
los medios de comunicación resaltan, negro sobre blanco,
los errores y las tensiones estridentes del fallido Gobierno
Tripartito de la Generalitat como causa y consecuencia
del anuncio de la retirada de Pasqual Maragall de la primera
línea política. El balance que se hace de su gestión es
globalmente negativo y sólo le salva –en clave histórica-
haber sido el presidente del Nuevo Estatut, si bien es
público y notorio que Maragall estaba en desacuerdo con
el pacto Rodríguez Zapatero-Mas que desfiguró el texto
aprobado por el Parlament de Catalunya. Nunca he tenido
una relación fluida con Pasqual Maragall y su entorno,
y esta circunstancia me permite ser más objetivo al valorar
su adiós. Desde esta perspectiva, no seré yo quien se
sume a quienes, en esta hora, “apuñalan” el cadáver político
de Maragall. Muchos de quienes ahora se alegran de su
renuncia le habían adulado y se han aprovechado sin escrúpulos
de su Gobierno. En este sentido, resulta paradigmática
la actitud de los dos principales conglomerados mediáticos
de Catalunya, el Grupo Godó (La Vanguardia) y el Grupo
Planeta (Lara), que han alimentado a conciencia el desgaste
de la imagen pública Maragall mientras, por detrás, no
dudaban en negociar y conseguir toda clase de prebendas
de la Generalitat. El gran problema de fondo que tiene
Maragall es que es un “desclasado” o, peor, un “traidor”
a su clase social, la burguesía de la parte alta de Barcelona.
Que un hijo de casa buena militara en el anti-franquismo
y en la extrema-izquierda, pase, eran “pecados” de juventud.
Pero que, ya adulto, persevere en sus ideas de izquierdas
y sea el líder del PSC, esto ya empieza a ser preocupante.
Bueno, su etapa como alcalde de Barcelona fue aceptable,
porque los Juegos Olímpicos fueron un muy buen negocio.
Pero si, además, es el presidente del Gobierno de la Generalitat,
en coalición con los “independentistas” (ERC) y los “comunistas”
(Iniciativa per Catalunya), entonces la “traición” deviene
intolerable. Maragall –le reprochan los “suyos”- debería
haber sido como Miquel Roca o Narcis Serra: más centrado,
más dúctil, más transversal, más “pesetero”. La “casta”
dominante en Catalunya desde el fin de la guerra civil
lo tiene claro: CiU y PP les representa políticamente.
Siguiendo esta lectura, el PSC es el partido de los inmigrantes,
como José Montilla, y, en todo caso, de una “minoría”
de catalanes que, en su juventud, se intoxicaron con el
marxismo. Quien debe gobernar y administrar la Generalitat
–la principal “empresa” del país- son ellos, a través
de CiU y PP, por “derecho propio”. En este banquete, el
PSC también tiene un plato en la mesa, pero siempre en
minoría y atado en “corto”. En este esquema, simple pero
eficaz, Pasqual Maragall era “un outsider”, era un estorbo.
La “caída en desgracia” de Maragall, más allá de lo que
se ha dicho estos días, tiene dos momentos clave: 1) Cuando
se filtra el informe que se hizo en Presidencia de la
Generalitat sobre el poder mediático en Catalunya; 2)
Cuando el presidente denunció en el Parlament la existencia
de la “trama” del 3% durante el régimen pujolista. Aquí
jugó con fuego, aquí se quemó, aquí se condenó.
Catalunya es así (¿?).
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