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Las
cifras, como el algodón, no engañan. Sin recurrir a su
exposición tediosa, aunque tan dramática como puede deducirse
por la cantidad de dígitos y sin ignorar que tras cada
número se encuentra el drama de una existencia perdida
innecesariamente, el balance de la invasión norteamericana,
de Blair y Aznar en Irak, se ha convertido en un sumidero
por donde primero se ha perdido el derecho internacional,
después la razón moral, más tarde la dignidad humana y,
finalmente, el mínimo derecho a justificar semejante barbaridad
que figurará en los libros de historia como el primer
gran acto de repugnancia para la humanidad del siglo XXI.
Del patético ¡Viva Honduras! de un ministro que ni siquiera
se había tomado la molestia de conocer ante quién hablaba,
pero sin que ello le impidiera realizar su discurso estandarizado
a favor de tan honorable intervención militar, pasamos
a ver cómo los artífices del criminal planeamiento se
van colocando en instituciones públicas internacionales
bajo la férula protectora de la administración más terrible
de la historia norteamericana. Wolfowitz, aquel marrano
que se relamía el peine en el documental de Michael Moore,
fue nombrado en su día presidente del Banco Mundial, una
institución para el equilibrio y desarrollo económico
internacional en el que inmediatamente nombró como asesora
a la señora Palacio, autora de aquellos telegramas a las
embajadas plagados de mentiras en las horas siguientes
al atentado del 11-M, asidua a las televisiones y reuniones
internacionales babeando el discurso oficial de la Moncloa,
donde un asilvestrado Aznar se probaba los nuevos trajes
de corte americano, con la misma convicción que Sanjurjo
lo hacía con sus uniformes, minutos antes de salir para
invadir la democracia constitucional republicana. Al fin,
todos ya en la nomina del imperio han dado firme cumplimiento
al pronóstico del gobernador de Florida, hermano más listo
aún que el otro, quien advertía importantes beneficios
económicos por la participación en la guerra para la República
española y que se van constatando en las apretadas agendas
de los ex ministros aznaristas y su yerno particular,
testaferro, sin duda, de las peores cuentas de la familia.
Ahora, con los beneficios de la invasión, se preparan
para acomodarse en la nueva nobleza que sin duda reaparecerá
en ¡Hola!, como tributo a su legendaria pertenencia aristocrática.
Repartido el botín, parece que éste les perteneciera desde
antes de la guerra, emulando así algunas fortunas franquistas
atesoradas por el pillaje durante la guerra civil, que
aparecían en ese colorín abominable del régimen mostrando
la cena de nochebuena de los nuevos ricos del saqueo con
apellidos compuestos a toda prisa para deleite de paupérrimos
lectores con sueños de hadas y estómagos vacíos. Todas
las guerras tienen vencedores y vencidos. Irak desaparecerá
del mapa como el petróleo subirá las cuentas personales
de los autores del genocidio. La revista del corazón ya
tiene nuevos personajes para lucir sin necesidad de recurrir
al pobre Humberto. Felicidades a ambos sin que se les
atragante la sangre derramada en los brindis del reparto
de beneficios. Esta vez la Campanario se ha quedado sin
portada. Otra vez será.
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