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La
salida momentánea de Pasqual Maragall de la política activa,
al decidir no volver a presentarse como candidato del PSC
a la presidencia de la Generalitat catalana, resulta un
perjuicio para la izquierda en general y una victoria parcial
de la derecha trapisonda, la que clama junto a los obispos
y sus voceros montaraces contra la ruptura de España, su
latiguillo predilecto. Lo ha anunciado en un acto institucional
tres días después de la celebración del referéndum sobre
el nuevo Estatut de Cataluña, que fue avalado con un 74
por ciento de los votos, aunque la participación no alcanzó
a la mitad del electorado, pero horas antes, haciendo gala
de su proverbial carácter, se lo confirmó a un niño de doce
años durante su visita a un colegio. No está dispuesto a
aceptar nuevas imposiciones que no comparte. Antes prefiere
renunciar a seguir la estela táctica que le marquen. Trifulcas
y errores los ha habido por comulgar en exceso con los republicanos
de ERC, que siguen sin saber si van o vienen. E indudables
aciertos. Entre sus méritos, el haber desalojado del Palau
de la Generalitat a un nacionalismo conservador que detentó
durante varios lustros un papel omnímodo, representado en
la figura de Jordi Pujol. Los mismos a los que acusó de
tener un problema, el tres ciento de las comisiones por
obras públicas, aquellos que pactaron con Zapatero a sus
espaldas la rebaja estatuaria que acabó haciendo saltar
por los aires el tripartito, para mayor satisfacción de
Rajoy y sus adláteres. Se empeñó en construir un proyecto
del conjunto de las izquierdas en su tierra y en modular
la España federal, el país plural del que por razones estratégicas
se empieza a renegar en el PSOE. Si le salió el tiro por
la culata es porque hasta en su propio partido han estado
tirándole de la alfombra para que se rompa la crisma, la
que ponía por delante para modificar las prioridades en
dirección a una política mucho más social. Su partido se
ha convertido en el primero del país catalán. Al disolver
el Parlament a finales de agosto, el día más probable para
que se celebren las elecciones autonómicas anticipadas es
el 22 de octubre. Entonces sabremos a quién asiste la razón.
Todo parece indicar que será por último José Montilla, charnego
de un pueblo de Córdoba, y a mucha honra, actual ministro
de Industria y primer secretario de los socialistas catalanes,
quien lo sustituya en las pretensiones de volver a editar
la victoria electoral. Zapatero se verá obligado entonces
a efectuar la segunda remodelación gubernamental en su mandato
y lo hará pensando especialmente en la cercanía de los comicios
municipales y autonómicos, prescindiendo con esas miras
de algunos de los que han venido siendo principales colaboradores.
Si Montilla fracasa, el relevo beneficia a CiU, que prefiere
primero gobernar en Cataluña, para acto seguido aceptar
algunos ministerios en Madrid, a cambio de contribuir a
la estabilidad del equipo de Zapatero. Sea como fuere, ERC
ya no es plato del agrado de unos ni de otros.
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