|
|
|
|
LA
VENTANA DISCRETA
|
SANTIAGO
LÓPEZ CASTILLO
|
| Cuentos,
realidades y leyendas |
 |
Casi
al unísono me llegaron dos libros sencillos como florecillas
silvestres. Cualquiera que no esté en las cosas pequeñas hubiera
optado por depositarlos en la estantería del olvido o en otro
lugar cuyo nombre me reservo por bellaco y ruin y miserable.
He dejado aparcado La sombra del viento, de Zafón, que escribe
con luz propia aunque redundante en la metáfora y estire la
frase, y me he puesto con estas obras que no son menos que
las grandes escribiéndolas desde el corazón. Alguien dijo,
no sé quién, que leer y entender es algo; leer y sentir es
mucho, y leer y pensar es cuanto puede desearse. Pues bien:
José García Carneiro, coronel de altos vuelos (el Ejército
español siempre dio buenos escribidores, López Anglada, me
recuerdo, fue un gran poeta y jamás a toque de corneta), Carneiro,
decía, ha escrito Una familia de cuentistas, a través de Ediciones
la Discreta, algo así como esta ventana que usted firma solo
que en mejor. Porque este ramillete de historias cosechado
en torno a la mesa del comedor o mesa camilla es acervo a
conservar, pura cultura popular. El volumen me viene avalado
—como si hiciera falta— por el funcionario del Estado y más
fiel y más trabajador, jamás pelota, que ha sido Miguel García
Chaparro, hoy en retirada y estrecho colaborador —vicepresidente—
en Cruz Roja con mi recordado presidente Enrique de la Mata,
que, tras el harakiri del Movimiento, llegó a ministro de
Relaciones Sindicales por decisión de Suárez. Dicho esto,
debo pedir perdón por el desvarío, aunque la historia es la
historia por mucho que otros traten de retorcerla e incluso
obviarla. Las historias que en el libro se recogen, a la usanza
más tradicional gallega, van desgranándose desde los aparecidos
hasta las aventuras emigrantes, revueltas en pocillos del
buen saborear pese a los sinsabores del mar. La lectura, como
el candil tenebroso que alumbra sospechosas sombras, es vivificadora.
No menos atrayente resulta la recopilación puntillosa de un
pueblo de la tierra de mi madre, Guadalajara, donde mi nonagenaria
tiene una casa y donde yo la tuve habiendo de huir a consecuencia
de un psicópata guardia civil, inculto y cobarde, con la pistola
en el cinto, al que, según me cuentan, le ha desarmado la
superioridad competente. Manuel Sanz Iruela, alcalde de Puebla
de Valles hasta la pasada legislatura por voluntad propia,
en comandita con Francisco Martín Macías, alias Paco, científico
entusiasta y soñador de campos, ha sacado (Ediciones Aache)
este pedazo de una de las provincias más bellas y desconocidas
en definición de mi inolvidable amigo Cela. El pueblo es Puebla
de Valles, con sus famosas “médulas” en color vivo sanguino
y un olivo milenario que Manolo lo recita y venera. En su
iglesia, reconstruida bajo su mandato, está enterrado Don
Diego Hurtado de Mendoza (1612), y es lugar admirado —camino
de Tamajón— cuya historia está plagada de leyendas, incluso
tienen un fantasma que lo mismo sale de noche que de día.
Y Manolo vive en un reconstruido molino en el que siempre
ofrece un trago de vino, unas olivas o unas nueces, además
de desvivirse en hospitalidad. Ah, y no se dan corridas de
toros.
slopezcastillo@eresmas.com
|
|
|