Número.1804 - 03 julio 2006

 

   LA VENTANA DISCRETA
SANTIAGO LÓPEZ CASTILLO
Cuentos, realidades y leyendas
Casi al unísono me llegaron dos libros sencillos como florecillas silvestres. Cualquiera que no esté en las cosas pequeñas hubiera optado por depositarlos en la estantería del olvido o en otro lugar cuyo nombre me reservo por bellaco y ruin y miserable. He dejado aparcado La sombra del viento, de Zafón, que escribe con luz propia aunque redundante en la metáfora y estire la frase, y me he puesto con estas obras que no son menos que las grandes escribiéndolas desde el corazón. Alguien dijo, no sé quién, que leer y entender es algo; leer y sentir es mucho, y leer y pensar es cuanto puede desearse. Pues bien: José García Carneiro, coronel de altos vuelos (el Ejército español siempre dio buenos escribidores, López Anglada, me recuerdo, fue un gran poeta y jamás a toque de corneta), Carneiro, decía, ha escrito Una familia de cuentistas, a través de Ediciones la Discreta, algo así como esta ventana que usted firma solo que en mejor. Porque este ramillete de historias cosechado en torno a la mesa del comedor o mesa camilla es acervo a conservar, pura cultura popular. El volumen me viene avalado —como si hiciera falta— por el funcionario del Estado y más fiel y más trabajador, jamás pelota, que ha sido Miguel García Chaparro, hoy en retirada y estrecho colaborador —vicepresidente— en Cruz Roja con mi recordado presidente Enrique de la Mata, que, tras el harakiri del Movimiento, llegó a ministro de Relaciones Sindicales por decisión de Suárez. Dicho esto, debo pedir perdón por el desvarío, aunque la historia es la historia por mucho que otros traten de retorcerla e incluso obviarla. Las historias que en el libro se recogen, a la usanza más tradicional gallega, van desgranándose desde los aparecidos hasta las aventuras emigrantes, revueltas en pocillos del buen saborear pese a los sinsabores del mar. La lectura, como el candil tenebroso que alumbra sospechosas sombras, es vivificadora. No menos atrayente resulta la recopilación puntillosa de un pueblo de la tierra de mi madre, Guadalajara, donde mi nonagenaria tiene una casa y donde yo la tuve habiendo de huir a consecuencia de un psicópata guardia civil, inculto y cobarde, con la pistola en el cinto, al que, según me cuentan, le ha desarmado la superioridad competente. Manuel Sanz Iruela, alcalde de Puebla de Valles hasta la pasada legislatura por voluntad propia, en comandita con Francisco Martín Macías, alias Paco, científico entusiasta y soñador de campos, ha sacado (Ediciones Aache) este pedazo de una de las provincias más bellas y desconocidas en definición de mi inolvidable amigo Cela. El pueblo es Puebla de Valles, con sus famosas “médulas” en color vivo sanguino y un olivo milenario que Manolo lo recita y venera. En su iglesia, reconstruida bajo su mandato, está enterrado Don Diego Hurtado de Mendoza (1612), y es lugar admirado —camino de Tamajón— cuya historia está plagada de leyendas, incluso tienen un fantasma que lo mismo sale de noche que de día. Y Manolo vive en un reconstruido molino en el que siempre ofrece un trago de vino, unas olivas o unas nueces, además de desvivirse en hospitalidad. Ah, y no se dan corridas de toros.

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